El Ébola

El Ébola Hace una semana, una muchedumbre histérica asaltó un centro de MSF – Médicos Sin Fronteras – instalado en Guinea Conakry para ayudar a los afectados de Ébola, llevando la confusión del tocino con la velocidad hasta esos niveles que sólo alcanzan los dominados por el pánico. Según los alborotadores, el virus estaba allí porque lo habían llevado los MSF, en vez de pensar que los MSF habían acudido al saber que estaba. El mismo día, el nerviosismo homicida invadió un avión de Air France procedente de la mencionada Guinea, que hubo de aterrizar casi a lo Aterriza como puedas en el Roissy-Charles de Gaulle de París ¿Motivo? Un pasajero, o pasajera, que las crónicas no entran en detalles, había dejado la toilette de la aeronave como Buñol después de la tomatina y precisamente las diarreas, con vómitos, dolores musculares y de cabeza, y fiebres, constituyen los síntomas típicos de la enfermedad. Se les aisló en una pista lejana y durante dos horas les fue tomada la temperatura. Ninguno tenía fiebre. Todo bien, exceptuada la tripa floja del pasajero con los intestinos sueltos; supongo que no habrá pasado ni pasará más vergüenza en toda su vida. Posiblemente hubiésemos hecho lo mismo al sentir el hedor invadiendo nuestra nariz. Es una enfermedad contagiosa, que no tiene mejor tratamiento que beber agua para mantenerse hidratados, y que mata entre el 59 y el 90 % de los afectados. Para tenerla respeto. Así que ya se han establecido cuarentenas en los puertos y aeropuertos españoles y europeos, para intentar controlar a los viajeros llegados legalmente de Guinea, Liberia, Mali y Costa de Marfil. Tranquilidad por parte de las autoridades competentes, rota por la advertencia del ministro del interior italiano Angelino Alfano, de que hay unos 600.000 subsaharianos que en estos momentos están proyectando entrar en Europa por las bravas. Si diésemos medios para vivir en su tierra a los saltavallas, cesarían los miedos que en estos momentos se están empollando.