Artículos publicados en El Norte de Castilla desde 1595, V

NORTE DE CASTILLA V ARTÍCULOS PUBLICADOS EN ‘EL NORTE DE CASTILLA’, DESDE 1995. www.anastasiorojo.com Las antenas telefónicas y los pájaros. Anastasio Rojo Vega.             Hace unos pocos días se planteaban en este periódico dos denuncias acerca de las cigüeñas del centro y de las aves del Campo Grande.             El primer reportaje informaba de la reducción a la mitad de las crías de cigüeña. El 44 % de las zancudas no han conseguido sacar adelante ningún pollo este año, cuando lo habitual es dos por primavera. El segundo avisaba de la desaparición de picos picapinos y carboneros garrapinos en el parque de la ciudad. Entre uno y otro informe, un breve escrito titulado “Las antenas influyen en el fracaso de la anidación”, dando cuenta de que últimamente las cigüeñas andan como viejas borrachas, “se desequilibran, se les cae el palo, están atontadas”.             Lo de las antenas de telefonía es un tema muy delicado, un punto tan sensible que, se toque como se toque, siempre genera ofendidos, sean los fabricantes de teléfonos o los que se consideran víctimas de sus ondas.             Sin embargo, desde el punto de vista estrictamente científico y desde el mirador que ofrece la ciencia que conocemos, las dudas relativas a efectos nocivos de las ondas electromagnéticas sobre seres vivos son muchas. Las pruebas realizadas en laboratorio, sometiendo células y tejidos celulares a exposiciones miles de veces superiores a las posibles en el medio ambiente no han deparado los efectos malignos esperados.             Curioso es pero, si se busca en la bibliografía internacional, podría declararse el fenómeno de rechazo a las antenas como genuinamente español. Los mejores ejemplos de daños, en cantidad y en calidad, proceden de España y la mosca que progresivamente va instalándose tras la oreja del resto del mundo es hispana, como la vieja y sabrosa cantárida.             Hasta en el fenómeno de desaparición de pájaros marcamos pautas. El The Observer publicó el 12 de enero de 2003 un artículo titulado “Los teléfonos móviles tienen la culpa de la muerte de los gorriones”, como respuesta a uno de los mayores misterios de la vida silvestre británica, el descenso de la cifra de veinticuatro millones de gorriones de 1973 a los catorce millones de hoy.             La British Trust of Ornithology estuvo un tiempo perdida y confusa. ¿Culpa de los gatos abandonados?. Encontraron la respuesta, como no, en nuestra tierra: “Científicos españoles han descubierto que los pájaros tienden a evitar lugares con altos niveles de contaminación electromagnética. Las antenas de los móviles están colocadas en los lugares más altos, para lograr la mayor cobertura posible, lo cual puede explicar el declive de especies que viven y anidan en los tejados”.             Contaminación electromagnética, con coletazos que han alcanzado incluso a Radio Vaticano, metida en líos con la justicia italiana a causa de la estación emisora de Santa María di Galeria, en las afueras de Roma. Sin embargo y pese a todo, la relación indiscutible causa-efecto no consigue demostrarse. El documento circulante de mayor peso científico es el “Llamamiento de Friburgo a los médicos”, publicado el 9 de octubre de 2002 y que comienza “Como médicos de todas las especialidades y particularmente de medicina ambiental, ejerciendo y con consulta, estimamos nuestro deber dirigirnos al cuerpo médico, a los responsables de higiene y de salud pública, así como al público, en razón de las preocupaciones presentes concernientes a la salud de nuestros conciudadanos...”. Pues pese a él los efectos de las ondas permanecen dudosos. Quizás sea porque la ciencia en que nos movemos se limita a lo evidente y palpable. Observa que un individuo toma un trago de un frasco, constata que cae fulminado y tras ello deduce que el frasco contiene veneno. Ciencia bruta pero segura. Lo otro es como si ante el que murió de repente alguien asegurase que la culpa la tiene la limonada que se tomó en las fiestas del 83. ¿Por qué no?. Las antenas se suponen responsables de efectos malignos que para hacerse evidentes requieren mucho tiempo. ¿Son malas a largo plazo o no son malas a largo plazo?. Esa es la cuestión.              Las antenas llevan el camino de convertirse en el maestro armero de todo lo incomprensible. Pensando en nuestras aves vallisoletanas, ¿no las ha afectado nada la retirada de residuos orgánicos de las basuras decretada por el ayuntamiento?. Miren que la explosión del censo de cigüeñas coincidió con el descubrimiento por su parte de que había comida en los vertederos. ¿Y los pájaros del Campo Grande?. ¿Nadie se ha percatado de la sobrepoblación de patos y pavos?. Los patos son especialistas en encontrar todo lo comestible que pueda esconderse en el suelo y entre la hojarasca; arrasan las poblaciones de insectos del sotobosque, con lo que malamente podrán vivir insectívoros por encima de donde se instalen abusivamente ellos. ¿Lo vamos a achacar todo a las antenas?. Antivandalismo. Anastasio Rojo Vega.             España siempre se ha mirado en Francia para hacer sus reformas, al fin y al cabo Reanult, con su coche eléctrico vallisoletano y Carrefour, con su conflictiva leche, son cosas suyas.             Pues bien, ahora que en Valladolid se habla de la ordenanza antivandalismo, sépase que el Parlamento de la patria de Asterix acaba de acordar la institución de un programa por el que los jóvenes delincuentes – habrá que ver desde qué momento y cuantía se les considera delincuentes – serán internados, desde Febrero de 2012, en unos centros eufemísticamente llamados Establecimientos Públicos de Inserción de la Defensa (EPIDE), que, a los que tenemos unos cuantos años, nos recuerdan aquellos hispánicos Centros de Instrucción de Reclutas (CIR), como el de El Ferral de León, que un capitán se empeñó conquistásemos roble por roble y piedra por piedra. Lo importante no era coger prisioneros, sino que nos diésemos panzazos contra el suelo con toda nuestra fe, para que se viese que éramos decididos y obedecíamos a ojos cerrados. Era una parte de aquella mili en las que gastamos año y medio no haciendo nada, pero todo corriendo.             Tres EPIDES va a abrir el marido de la Bruni, para lo que llama “servicio ciudadano”, porque llamarlo servicio militar obligatorio quedaría feo en estos tiempos pacifistas, y porque su Comisión de Defensa no lo ve con buenos ojos. El ejército francés quiere soldados como Dios manda, no una avalancha de mozalbetes – calculan 30.000 hasta 2017 – que sabrán de todo, robar comercios en las algaradas callejeras, cantar rap, mear en las entradas de los garajes, pintar con sprays de colores el Arco del Triunfo, o plantar marihuana, un cultivo muy de moda estos días; sí, sabrán de todo, menos de lo que quieren unos mandos comm’il faut, de disciplina ¡Señor! ¡Sí señor!.             No es una estructura militar, sino más bien una estructura civil que se inspira en la militar para desarrollar trabajos sociales, dicen. ¿Tal vez reformatorios? Barbas a remojar.             La cuadrilla de Antolínez. Anastasio Rojo Vega.             La cuadrilla de máscaras de Tordesillas se quedó sorprendida de la poca marcha que había en la población por la noche, pese a ser domingo gordo de carnaval, y de que no hubiese ni siquiera bailes de candil, que suponemos eran guateques de mozos celebrados en corrales a la luz de tan raquítica lámpara. Les debió pasar lo que a los padres de las usuarias del búho nocturno, que piensan en mil peligros sueltos por la noche dispuestos a atacar a sus hijas y el día que deciden salir a fisgar, disfrazados como el rey de Jordania, descubren que la noche es por lo general un puro aburrimiento capaz de marchitar las ganas de pecar en el pecado que se supone típico de Venus.             Anduvieron de aquí para allá venteando juergas y cuando se convencieron de que no podían hallar más y se cansaron de contradanzas, fandangos y seguidillas, se volvieron a dormir a casa, a hora indeterminada. ¡Hay que armarla!, se dijeron y antes de separarse convinieron en quedar a la una del mediodía del lunes para acercarse nuevamente enmascarados y en un carro de mulas hasta la vecina Villavieja, que celebraba sus fiestas de Santa Águeda.              No faltó ninguno a la hora convenida y ya estaban para partir cuando les llegó un criado de las monjas de Santa Clara diciendo que sus señoras habían oído hablar de la cuadrilla y desearían ver sus evoluciones. El que hacía de alcalde del grupo era el médico del convento, así que gustosamente cumplieron con lo que se les pedía, “saliésemos formados, dando vuelta alrededor del patio, por haber varias señoras a la portería, y que después fuésemos al patio de la iglesia para que desde las vistas nos viesen bailar, lo que se hizo así”. Como quien dice un chorro de aroma de limones salvajes para la clausura. Tras ello nuevamente a buscar el carro, desfilando por la calle de Santa Clara, Palacio, Carretera y Vistas de don Juan hasta llegar al pozo de la nieve, donde había quedado aparcado.             La actuación en Villavieja fue un poco sosa. Esperaron a que los vecinos saliesen de misa, bailaron ante ellos, les divirtieron un rato y ya está. Parecía que tuviesen que amortizar el disfraz, porque al atardecer estaban de nuevo en Tordesillas y al anochecer desfilando como el día anterior de casa en casa, comiendo dulces y echando tragos, que al fin y al cabo era lo que menos les importaba. Quizás porque el vino había desatado lenguas o porque en definitiva Tordesillas era un pueblo en que todo el mundo se conocía, a estas alturas del carnaval ya los de la cuadrilla se quitaban las máscaras cuando les parecía para apovecharse de los bufets ante ellos puestos. Otra casa, otra casa, una más y el hospital de Mater Dei de nuevo. ¡Qué bien lo hemos pasado! y a dormir.             Y el martes lo mismo, dulces alcorzados, cubiertos de esa cáscara dulce de los mantecados de Portillo, almendras garapiñas, mantecados, bizcochos y rosoli. El martes fue día de exhibición y de cumplimiento social. Ya no fue día de ir donde quisieran si no de evitar desprecios. Todas las familias bien de la villa estaban enteradas de lo que habían hecho los días anteriores y se hubieran sentido insultadas si en su casa no se hubiese bailado lo mismo que en las otras; ¡niñas al salón!. En fin, que lo que comenzó como diversión acabó convirtiéndose en un peñazo por aquello de qué dirán y de no ser señalado nadie con el dedo; fíjate, estuvieron en todas las casas menos en la de don Mengano. Hubo que repetir la famosa contradanza en todas, absolutamente en todas para no enojar a nadie “y últimamente fuimos a casa del teniente coronel don José Vázquez, donde nos quitamos las caretas… con que se dio fin a la máscara”. Se acabó. El sargento citado el otro día era un cargo honorífico que no tenía que ver con los sargentos de los ejércitos modernos.             Es una pena que Antolínez no tuviese disciplina en el escribir los sucesos de la vida diaria, porque es tan ameno y preciso como escaso. Nada más acabar lo de la máscara nos muestra otro destello acerca de una rogativa a San Roque, patrono contra la peste y las enfermedades contagiosas, “El jueves 9 de febrero de 1769 se puso en rogativa a San Roque, en la parroquia de Santa María de esta villa, a causa de haber en ella una enfermedad a género de peste de que muere mucha gente y en la casa que entra el mal a todos los individuos de ella los corre. No se trajo en procesión al santo y sí de rebujo por la noche, y en la tarde del domingo 12 de este propio se determinó llevarle en procesión general a su ermita y por haber hecho mucho frío y aire solo se le sacó en procesión por la calle de San Antón, la Plaza, calle de Santa María y se le volvió a la iglesia, donde se halla”.             Según sus notas la villa fue además agraciada en aquel año de 1719 por una crecida del río que comenzó en la noche del 11 de abril y llegó a su máximo en el 12, “en San Miguel del Pino desampararon el lugar y se fueron al monte pues muchas casas se llenaron de agua, estuvo el puente sin poderse pasar hasta las cuatro de la tarde del día 13”. La gente vio bajar muchas cosas por las aguas “y una chistosa que fue una casa de las del puerto entera y encima del tejado como treinta ratones vivos corriendo dando vueltas por él y en un sobradil que venía separado por el río una rata grandísima, que conforme al ímpetu de las oleadas se movía la tabla corría de un lado a otro, con lo que hubo mucha bulla, pero al llegar al puente se desbarató todo dando contra sus pontones”. Alegría que no falte. APPDios. Anastasio Rojo Vega             Hace treinta años que paso junto a una virgencilla embutida en la tapia de un colegio. Una imagen que, como yo, se ha ido marchitando poco a poco, insensiblemente. En sus buenos tiempos raro era que no hubiese florecillas adornándola; raro no ver paseantes deteniéndose ante ella para persignarse y decir una oración; raro que sus mantenedores no pintasen la pared cada dos años para tapar las docenas, los cientos de súplicas escritas a su alrededor con lapiceros y rotuladores, no sé si para adecentar el conjunto, o para dejar sitio a los siguientes que necesitaban transmitir sus necesidades.             Ahora empieza a parecérseme a esas imágenes que, si son de primera categoría, toman primero el camino del taller de restauración, después el de las Edades del Hombre, y finalmente el de la musealización, por más que regresen a sus monasterios e iglesias de origen. Ya no son las simples representaciones de la Virgen o de Cristo, sino obras de arte del taller de Fulano. Desacralizadas.             Esta virgencilla seguro que no emprenderá tan altos vuelos. Seguirá en la tapia mientras dure el colegio. Fané, como decía Gardel, porque sus viejos amigos se van muriendo y los que podrían ser los nuevos no lo son porque ni siquiera se han enterado de que existe. Pasan a su lado como yo, pero, mientras yo la miro de refilón, ellos lo hacen concentrados en la pantalla del Smartphone, atentos a los mensajes de WhatsApp y Facebook. La nube ya no está en el cielo, sino en el móvil, y gracias a él todos somos omniscientes, omnipresentes y, en alguna medida, omnipotentes.             El papa Francisco anda cabreado con Berlusconi, porque ha puesto en circulación una revista en la que le propone como superhéroe, como el nuevo Supermán. Al papa no le ha gustado nada la idea, pero bien sabemos lo listo que es el crápula italiano en las cosas de la comunicación. A saber. Quizás la única posibilidad que le queda a Dios de tener futuro, de que sepan que existe, es transformarse en una aplicación. Aprendiendo de franceses y españoles. Anastasio Rojo Vega.             Los primeros contactos bélicos de los franceses con los castellanos no les pudieron ser más favorables, así es normal que en las crónicas iniciales de su guerra en España nos traten con desdén, prepotentemente, con desprecio: esa gente atrasada y fanática que se resiste a la revolución, al triunfo de la razón; esa gente que come guisos asquerosos y bebe vinos horribles; esa gente que viste vestidos que parecen de pobres del teatro antiguo francés, de paños ásperos y descoloridos; que vive en chozas de barro…             Desde luego, militarmente hablando, lo nuestro con ellos fue derrota tras derrota. Primero la de Torquemada. Lo de la villa palentina no supuso ni un mero roce, solamente una pequeña muestra de lo que los napoleónicos eran capaces de hacer. A Torquemada le cabe el dudoso honor de haber sido la primera población española completamente asolada por los invasores, el de haber sido hecha tabula rasa cuidadosa y premeditadamente. Lo que los franceses quisieron transmitir al resto de los peninsulares con la acción fue: mirad y aprended, todo el que se enfrente a nosotros quedará igual que Torquemada. Ya se sabe, lo de “cuando las barbas de tu vecino veas pelar, echa las tuyas a remojar’. Hay que confesar que la destrucción tuvo su efecto: antes de que Lasalle llegase a Palencia, las autoridades de la ciudad salieron a decirle que ellos no iban a hacer nada, que tranquilo.             El segundo encuentro, que no encontronazo, fue el de Cabezón. Si en Torquemada los castellanos habíamos aprendido que enfrentarse a los franceses significaba la ruina, en Cabezón nos dimos cuenta de que el entusiasmo por sí solo no servía para derrotar a un ejército profesional y disciplinado, por muchas cruces de iglesias y pendones del Santo Oficio de la Inquisición que llevásemos al frente.             Lo cuenta el profesor Celso Almuiña, que la gente de Valladolid acudió con su tortilla – como si dijésemos – a ver desde el monte la batalla contra los galos. Unos cinco mil entusiastas reclutas armados de mala manera y que habían sido entrenados durante unos pocos días en la explanada que entonces era el Campo Grande. Fue algo así como un partido de rugby entre un equipo de la liga francesa y otro de un colegio vallisoletano de bachillerato. Ni se sabe el número de muertos exactos que hubo. Ni se sabe dónde fueron a parar los cadáveres. Nadie apareció por allí en semanas, como tampoco en Torquemada, donde tuvieron que ser el cura y el escribano de un pueblo próximo, Villamediana, los que sepultasen los restos ya secos que fueron encontrando en el mismo lugar donde se hallaban. La familia de un futuro catedrático de medicina en Madrid, el doctor González de Sámano, perdió allí todo rastro de su padre. Salió armado junto con los profesores y alumnos de la Facultad de Medicina y nunca más volvió.                  Y la tercera enseñanza nos vino de la batalla de Rioseco: no se debe pelear contra los franceses si no se tiene un ejército comparable al suyo en profesionalidad, caballería y número de cañones.             Si hubiese sido cosa de infanterías, las cosas habrían ido de otra manera, pero la gran superioridad de los franceses estaba en la caballería y gracias a ella ganaron los primeros combates en campo abierto, incluido el de Rioseco.             Claro, que a la batalla de la ciudad de los almirantes se unieron además otras dos circunstancias negativas, propias de un país caduco. En primer lugar la dicha falta de caballería y de artillería, en segundo la falta de calidad de nuestros generales.             En la España de aquellos tiempos había más jefes que indios, por utilizar una expresión popular, y general podía ser cualquiera, pero solamente de título; generales, generales de verdad, con tropas a su mando había pocos. ¿Y qué es un general sin soldados? Nada. Las tropas eran la herramienta para ascender y cobrar fama en el ejército y en la política y así los generales españoles, como Blake, pensaban más en no perder su ejército particular que en arriesgar.             En Rioseco se dieron cita, por nuestra parte, dos al uso, Cuesta y Blake, cada uno con su tropa, los ejércitos de Castilla y el Galicia respectivamente, que frente a Bessieres hicieron la guerra cada cual a su manera: Blake a la defensiva y Cuesta a lo loco. Así Blake se subió al páramo de Valdecuevas – el Moclín significó poca cosa en la batalla – y Cuesta se quedó junto a la ciudad, separados uno y otro por cerca de dos kilómetros de campo vacío.             Bessieres, desde Palacios, no pudo creer que le concediesen tanta ventaja. Hasta debió desconfiar ¿No será un truco? ¡No podían ser tan malos! Pero dado que no había indicios de trampa por ninguna parte, hizo lo que tenía que hacer. Los españoles habrían doblado en número a los franceses si hubiesen estado juntos, pero tal y como estaban, la ventaja numérica no existía. Así atacó primero a Blake en el páramo y tras derrotarlo pudo dirigirse contra Cuesta, para hacer lo propio.             La de Rioseco fue una batalla en dos tiempos, o dos batallas en una batalla, una detrás de otra, en la que la caballería jugó un papel esencial. Los historiadores se han preguntado por qué Bessieres no aprovechó la ocasión de cebarse con los ejércitos de Castilla y de Galicia en fuga. Se le acusó y se le sigue acusando de indecisión. Si hubiese lanzado la caballería contra los fugitivos… Pero los conocedores del terreno, como el coronel José Luis Fernández, riosecano y experto en el acontecimiento, saben bien el por qué: los caballos a aquellas alturas de las dos de la tarde del 14 de julio debían estar exhaustos y muertos de sed ¿Emprender la persecución del enemigo sin darles de beber? ¿Y dónde encontrar abrevaderos para tantos? No era, ni es, fácil en Rioseco, no.             Napoleón dijo que el triunfo de Medina de Rioseco había puesto en el trono a su hermano José, pero también a él le quedaban muchas cosas que aprender. Los castellanos habíamos entendido que enfrentarse al enemigo en una población implicaba la destrucción de la misma, que para enfrentarse a él había que organizarse como ejército regular y que aún como ejército regular, en campo abierto y sin artillería ni caballería comparables, poco había que ganar.             Napoleón comenzaría a aprender, desde Rioseco, que esto no era Alemania, donde, cuando perdía el ejército, el pueblo se quedaba quieto. Aquí no. Los prepotentes franceses estaban a punto de comenzar a familiarizarse con la palabra guerrilla.           Sobresaliente en malos tratos. Anastasio Rojo Vega.             Esto que ha venido a denominarse violencia de género es lo que llamaron toda la vida malos tratamientos y malcasamientos. ¿Cuándo comenzaron? El día que echó a rodar el reloj de la protoancestral noche de los tiempos. Por lo menos desde que hay archivos hay denuncias de malos tratos matrimoniales y como antiguamente no estaba bien visto quejarse, es de suponer que la tal noche de los tiempos es el Caribdis, el remolino, y que las querellas conservadas representan la visión lejana de Scila y de la punta del iceberg.             Lo de los malos tratos a la mujer tuvo y tiene mucho que ver en los llamados países en vías de desarrollo con un concepto de esclavitud por el que los cabezas de familia están revestidos de un principio de autoridad que se mantiene y hace respetar por medio del esperanto de los castigos físicos. Si será fácil dicho idioma que hasta los burros lo entienden. Un palo en las ancas significa que hay que seguir dando vueltas a la noria. Hacer lo que te mandan o vendrán otros. El látigo, como representante de todos los sistemas de hacer daño, garantiza la sumisión al dueño, sirve de ejemplo a contestatarios y borra fantasías de sublevación.             Un poderío que raramente fue absoluto gracias a esa evanescente voz de la conciencia que dicen escuchamos dentro y a esos principios éticos y morales que inevitablemente elaboran las minorías místicas y contemplativas, que no las constructivas e industriales. Siempre ha habido leyes limitando el abuso de los poderosos sobre los débiles, otra cosa es que se hayan cumplido. Entre dichas leyes las hubo protectoras de los esclavos, pero mucho menos de las esposas.             La ciencia antigua, griega, basada primero en la experiencia y después en la lógica, enseñó a sus hijos que la mujer era frágil, inconstante y casquivana, por ello el ejercicio de una moderada disciplina que la mantuviese en la obediencia – como a los esclavos – era bien vista incluso por los propios padres de la golpeada, que con espíritu calderoniano preferían ver a su hija con un ojo amoratado que sospechosa de poner en mala opinión el apellido. Había que controlar la conducta femenina casi desde el nacimiento, poniéndola primero bajo las manos de un ama seca que enseñase labores y buenas costumbres, después en poder de un convento, si la familia era noble o de posibles, y finalmente entregada a un buen marido, uno que cuidase de que no la faltase de nada y fuese capaz de tenerla metida en cintura. Calzonazos, no.             Mujer y esclavitud. El pegar indebida o excesivamente al ganado humano era motivo de intervención por parte de los jueces, pero golpear a la esposa no, porque las bofetadas se echaban en el mismo cajón que las caricias como elementos típicos de la vida en común, como rasgos de la vida privada y secretos de pareja que nadie tenía derecho a desvelar. Unidos para lo bueno y para lo malo; todo debía ser perdonado en aras de la santidad del hogar y de la reconciliación de los cónyuges.             La agresión física clásica, pues, era perdonada y entendida como vía de poder y control de la economía familiar por parte del cabeza de familia, de modelado de grandes mujeres y buenas madres, obedientes al marido, excelentes educadoras de sus hijos, cuidadoras de padres y familiares ancianos, veladoras de enfermos y preocupadas de que la ropa limpia y la comida estuviesen listas siempre que se solicitasen. Su premio era la aprobación social.             Tal modelo de mujer – la paciente de semejantes prejuicios - es el que sigue existiendo en los países en vías de desarrollo, en los cuales, según últimas estadísticas que van de Asia a América latina, reciben malos tratos con regularidad, es decir alguna vez a lo largo del año sin falta, entre el treinta y el cincuenta por ciento de las casadas interrogadas. En algunas zonas de la India más de la mitad de las esposas son agredidas de forma constante; y la investigación se ha preocupado únicamente de los daños físicos.             En las sociedades del bienestar el concepto de maltrato es más amplio y abarca las esferas física, verbal, sexual y psicológica. Encuestas recientes han demostrado cosas tan chocantes como que en el caso de parejas con marido violento éste suele ser, emocionalmente, extremadamente dependiente de su pareja y víctima, lo que explicaría la continuidad del acoso hasta el asesinato. También que los factores que reducen el riesgo son: nivel alto de educación tanto en hombres como en mujeres, status social elevado y autonomía femenina, entre otros. Los contrarios más reseñables: alcohol y otras drogas, pobreza y desempleo. El estado va a intentar, con la implantación de una asignatura de nuevo cuño, eliminar una de las lacras heredadas de la noche de todos los tiempos. No sé, es como pensar que obligando a saber matemáticas a los directores de los bancos se solucionarán los desfalcos. El ser humano no deja de inventar paradojas y la próxima puede resultar esta: que el mejor marido para nuestras hijas sea el que saque sobresaliente en malos tratos.               Luis García Lorenzana. Problemas de un vegetariano de Huelva en la Guerra Civil. Anastasio Rojo Vega.             Hace cosa de quince años adquirí en un anticuario de Valladolid los restos de una biblioteca médica, al advertir que escondían algunos manuscritos y piezas mecanografiadas que me resultaron interesantes. Uno de ellos es el que presentamos y se refiere a Luis García Lorenzana. No sé quién lo escribió, ni qué hacía en Valladolid. Pregunté más de una vez al doctor Orozco sobre un posible autor onubense, hice lo propio con tesistas suyos de la ciudad del Odiel, y el resultado fue siempre negativo.             En homenaje a don Antonio lo traigo hoy aquí, advirtiendo lo que se infiere de las líneas anteriores: que no es un trabajo de investigación mío, que me limito a transcribirlo y ponerlo a disposición de quien sea a la hora de estampar su firma.             Tampoco el personaje tiene una trascendencia científica puntera. El apunte biográfico de mano anónima se refiere a Luis García Lorenzana: nacido en Cuba, estudiante de bachillerato en el Instituto Británico de Madrid, ingeniero de minas con ampliación de estudios en Escocia, Gales, Suecia y Noruega; trabajador en minas de León, encargado de localizar afloramientos de agua en las Canarias, llamado por el gobierno argentino para hacer lo propio en La Pampa; ingeniero jefe de minas en Huelva, empleado del Insitito Geológico y Minero de Madrid; vegetariano, presidente de la Sociedad Teosófica Española, marido de la artista catalana Pepita Maynadé...  Su mayor interés radica en que se trata de un testimonio de primera mano, por eso nos atrevemos a traerlo aquí In memoriam del Profesor Orozco.    “Apuntes biográficos. Don Luis García Lorenzana.             Caía la tarde calurosa de un día de Agosto de 1936. En el Gobierno Civil de Huelva, se ultimaban las listas de los desgraciados que, aquella noche, habrían de ser sacados de las cárceles fascistas para ser asesinados en la carretera y alrededores del cementerio.             El Gobernador Civil – un comandante de la Guardia Civil que, al día siguiente de la sublevación militar, partía de Huelva para sofocar la rebelión de Sevilla del General Queipo de Llano, al frente de una compañía de guardias de asalto y que, al llegar a Sevilla se unía a los sublevados – preguntaba sorprendido, por la presencia en las listas de aquel día, de algunos masones, que quiénes eran peores: si los masones, los teósofos o los ateos; a lo que contestó D. Carlos, el capellán de un conocido Centro de Enseñanza, que los peores de todos eran los teósofos; pues, si bien los masones eran enemigos declarados de la Iglesia y de Dios, los teósofos, por su panteísmo, se creían ellos mismos dioses; pero dioses del Averno y genios del Mal.             El teniente Sarrión, agregó: “Tan canallas son unos como otros, y esta es la cizaña que hay que extirpar a tiempo”. El presidente de la Diputación, Caibol, Ingeniero de Minas, que se había enrolado en la sublevación, más que por convicción, por “snob”, por ser amigo de juventud del líder nacional Fernández Cuesta, hombre culto, viajero infatigable, palideció al oír aquellas barbaridades, pensando en su íntimo amigo y compañero, García Lorenzana, Presidente de la Sociedad Española de Teosofía, que vivía retirado en su “cenobio” de El Conquero, que abandonaba por las mañanas para trabajar junto a él en las oficinas de la Jefatura Provincial de Minas.             El Gobernador, ante las opiniones del cura y del teniente, sobre los teósofos, exclamó: ¿Se sabe quiénes son esos teósofos en la provincia?.             El Jefe de Policía dijo: “Aquí no se conoce más que a García Lorenzana, que es ingeniero de minas; pero nunca se le han conocido actividades ilegales políticas ni de ninguna otra clase. Aquí D. Federico, que es compañero suyo de carrera, podrá ilustraros”.             El aludido manifestó que, como compañero, era excelente; como ingeniero, muy competente, y una gran persona; pero, por sus ideas, parecía un poco chiflado”.             ¡Bueno, bueno! – exclamó el Gobernador dando un puñetazo en la mesa: Que le metan en la lista de esta noche.             Un silencio denso siguió a estas palabras, que rompió el ingeniero Caibol para despedirse con un cortés “buenas tardes”. Caibol se fue a su casa y se puso al habla, por teléfono, con el conserje de la Jefatura de Minas, a quien dijo que fuera inmediatamente a verle en su casa.             El viejo conserje se encaminó presuroso a casa del ingeniero Caibol, para escuchar sus órdenes.             Al llegar, ya le esperaba éste y le dijo sin preámbulos: Lléguese Vd. a casa del Sr. Lorenzana y dígale de mi parte que esta noche van a ir a buscarle para “darle el paseo” – frase que se empleaba en el argot falangista para los crímenes o fusilamientos de la madrugada -, que expurgue su biblioteca de libros de teosofía y que se quite él de en medio, que se esconda, que huya.             El empleado se quedó atónito: ¡Fusilar a D. Luis que es un santo! ¡Si él no se mete en política! Y echó a andar murmurando, camino de El Conchero, donde vivía su Jefe, el ingeniero D. Luis García Lorenzana.             Le halló sentado en el pequeño jardín que rodeaba su casa, y después de saludarle, le dijo que traía para él un recado de D. Federico; pero que quería decírselo en el interior de la casa. Una vez dentro, el empleado de la Jefatura de Minas, le comunicó casi literalmente, las palabras que D. Federico Caibol había dicho momentos antes. D. Luis se quedó silencioso, mirándole fijamente, como abstraído, como si no hubiera oído, como si no hubiera querido oír; y, de pronto, pausado y sereno, le dijo: “Dé Vd. las gracias a mi amigo Caibol, y dígale que si saben esos desgraciados el crimen que van a cometer fusilando a un inocente. Dígale Vd que no estoy acostumbrado a obrar coaccionado por el miedo; que no hago ningún expurgo de mi biblioteca y que no abandono mi casa. ¡Que sea lo que Dios quiera!.             Aquella noche, como todas después de la cena, el Gobernador y demás miembros civiles y militares, se reunían a tomar café al aire libre en la cervecería Viena, instalada en los bajos del Gobierno Civil. Allí también, como todos, compareció el Presidente de la Diputación, Sr. Caibol, sentándose al lado del Gobernador que se adelantó a ofrecerle una silla. Bien pronto la conversación entre ambas autoridades recayó sobre el tema de la tarde, sobre teosofía y los teósofos, sugerida por Caibol: - ¿Quiere Vd saber lo peligroso que son los teósofos?. Esta tarde, cuando suscitó el tema no quise insistir por no llevar la contraria a D. Carlos, el cura, que ve brujas, demonios y rojos por todas partes. Yo he tratado con teósofos en España y fuera de España, y me precio de tener grandes amigos entre ellos. La Teosofía es un modo de concepción del mundo y de la vida, distinto al cristianismo, y muy parecido al hinduismo, que cree en una permanente evolución de la vida y de las cosas, desde la materia inerte, mineral, hasta llegar a formar parte del todo espiritual que sería Dios; pasando por los reinos vegetal, animal y humano, y éste, no en una sola experiencia, en una sola vida, sino a través de muchas reencarnaciones, como en la religión hindú, hasta llegar a la perfección para reintegrarse en el Todo. Los teósofos son idealistas, pacíficos, rechazan la violencia y aspiran a hacer una fraternidad universal de toda la humanidad por el amor, sin discriminación de razas, credos, cultura, religión, etc. En su conducta privada son idealistas, románticos, serenos, altruistas y humildes, de costumbres austeras, por lo general vegetarianos y algo “chiflados”, como le decía esta tarde.             Pensaba en el amigo y compañero que acababan de condenar, sin conocerle; aquella tarde en el Gobierno Civil, y, por ello, abandonó [corregido: abandoné] la reunión precipitadamente. No podía seguir oyendo aquel cúmulo de falsedades, patrañas y mentiras en torno a hombres a quien ni siquiera conocían, a hombres a quienes no les basta el quinto mandamiento del Decálogo cristiano en su redacción de “no matarás”, sino que ellos, al estilo budista, lo amplían a “no matarás a ser viviente”. Ridículo, si se quiere, pero sublime como expresión de amor universal; incompatible con las “virtudes” que adornan a nuestros amigos los rojos. Por todo esto, y para evitar un grandísimo error que más tarde podríamos lamentar, me he permitido poner al corriente de la denuncia a mi compañero Lorenzana, aconsejándole que hiciera un expurgo en su biblioteca y que el se ausentase unos días de la ciudad, en viaje de inspección minera. ¿Y, sabe Vd que ha contestado a quien envié para comunicárselo? Pues lo siguiente: ¡¿Saben esos bárbaros la injusticia que van a cometer fusilando a un inocente? No, diga Vd al señor Caibol que le agradezco su gesto; pero que no estoy acostumbrado a obrar coaccionado por el miedo, y que, por tanto, ni expurgo mi biblioteca ni me escondo. ¡Que sea lo que Dios quiera!”.             Esto, dicho por Caibol, ahuecando la voz, parsimoniosamente, tratando de imitar a Lorenzana, arrancó una carcajada de aquel comandante de la Guardia Civil y Militar y “Virrey”, entonces de la provincia. Y, entre risas exclamaba: “¡Chiflado, completamente chiflado! A nadie se le hubiera ocurrido, en estos tiempos de guerra y revolución, desafiar la acción de la justicia, de no ser un “chalao”. Dígale al jefe local que lo borre de las listas de esta madrugada”.             Y así salvó la vida de aquel hombre bueno e inocente que, unos años antes, había llegado a Huelva, como ingeniero de Minas, al servicio del Estado.             Había nacido en Cuba, hijo de militar, en la última década de la dominación española, trasladándose a Madrid, muy pequeño, en donde estudió bachiller doble: en español y en inglés, en el Instituto Británico.             Algunas anécdotas recogidas a lo largo de su permanencia en Huelva, nos dan a conocer el calibre moral, intelectual y humano del que estuvo a punto de ser fusilado en los primeros tiempos de la guerra civil española, por teósofo.             Era vegetariano, no tomaba más proteínas de origen animal que las que le proporcionaban la leche y los huevos. No fumaba ni bebía bebidas alcohólicas desde los veinte años de edad. Estaba casado con una catalana de una finura de espíritu, sensibilidad y cultura, poco comunes; era escritora, y en las exposiciones de arte, figuraban, con frecuencia, sus cuadros y esculturas. No tenían hijos, y la guerra civil les había separado temporalmente, quedando ella en Barcelona y él en Huelva. Vivían en un pequeño chalet de El Conquero, en compañía de una sobrina, estudiante de Filosofía, a quien también la guerra había anclado en Huelva, y de sus padres, que fallecieron al poco tiempo de comenzada ésta. Por cierto que, al fallecer la madre, en pleno furor fascista y fanatismo religioso – y esta será la primera anécdota – quiso hacerle un entierro civil, cosa que, aún en tiempos normales, se daba muy de tarde en tarde, y era muy mal visto por toda la población; y, en aquellos tiempos de guerra hubiera supuesto ir a la cárcel hasta el cadáver, por lo que sus amigos íntimos, entre ellos Caibol, le convencieron para que el sepelio se verificara canónico, con asistencia del clero de la parroquia correspondiente.             El tránsito de la difunta había sido pleno de serenidad, de beatitud; se diría que su muerte fue en olor de santidad. Ya muy anciana, aquejada de un proceso cardio-respiratorio crónico, estaba en cama hacía unos días por una agudización del mismo. Una madrugada, un empeoramiento súbito, hicieron al hijo llamar a D. Cándido, médico y amigo de la familia. Cuando éste llegó, encontró a la anciana sentada en una butaca; la nieta, de rodillas en el suelo, le acariciaba las manos; el hijo, intentaba darle alimento con una pequeña tetera, y, ella, con una sonrisa radiante, con la cabeza inclinada para atrás, mirando al cielo, decía: No, no me des más. ¿Para qué, para qué? Si ya me voy, ¡me voy! Adiós... Adiós... Y, sin perder aquella sonrisa de gloria, expiró. Unas lágrimas emocionadas se escapaban de los ojos del hijo, de la nieta y del médico. Así deben morir los santos, dijo D. Cándido, que había visto morir a muchos centenares de enfermos y ninguno con aquella paz y beatitud.             Al día siguiente, un cura, un monaguillo y media docena de amigos íntimos, se congregaban alrededor de un sencillo ataúd, a las puertas del cementerio. El sacerdote leía las preces litúrgicas del oficio de difuntos. Al pronunciar éste las palabras: “dies irae, dies irae”, el hijo de la fallecida, que estaba a su lado, se inclinó hacia él y, mirándole profundamente a los ojos, le dijo: “Dios no conoce la ira”; y agregó suavemente: “pase, pase la página”. Y, el párroco, sorprendido, atónito, le obedeció automáticamente, sin rechistar, sin salir del asombro y la impresión de aquella mirada y de la suavidad y dulzura de su orden; prosiguiendo la lectura hasta el final sin más comentarios.             Vegetarianismo. Se celebraba un día, en casa de su amigo y médico, D. Cándido, el bautizo del hijo menor de éste y, entre los invitados, se encontraba D. Luis, el teósofo ingeniero. Una de las señoras presentes, quiso hacer los honores de la casa y ofreció a D. Luis sendas fuentes de cigalas y gambas, mariscos ineludibles en Huelva, en esta clase de agasajos, y, con una sonrisa en los labios, las rehusó diciendo: “No, gracias, muchas gracias; pero no como cadáveres”. La señora se quedó perpleja y reaccionó cambiando los platos de los mariscos por otros de jamón y embutidos y volvió a ofrecerle con la misma cortesía, y él, sin dejar de sonreír, le dijo: “Muchas gracias, pero ya le he dicho que no como cadáveres”. Esta vez, la señora, acharada, sin saber qué ofrecerle, se dedicó a los demás invitados. D. Luis sólo tomó dulces y zumo de frutas; únicos manjares comestibles compatibles con su condición de vegetariano y abstemio.              Otras veces, esta gastronomía, se ponía de manifiesto, no en reuniones de amigos, sino en otras profesionales, de trabajo, de compañeros, jefes y subalternos. Como Ingeniero Jefe de Minas y Presidente del Consejo Ordenador de Economía Minera, tenía que girar visitas de inspección periódicas, a las distintas explotaciones mineras de la provincia. Esta vez fue Riotinto.             Una mañana soleada de Otoño, acompañado de dos ayudantes de Jefatura, se presentó en el pueblo minero para girar visita de inspección a aquellas explotaciones mineras, en sus instalaciones sanitarias, de seguridad en el trabajo, rendimiento, etc.             La Compañía de Riotinto, disponía, para recibir a huéspedes e invitados, de “LA Casa Grande”, hotel sencillo, pero confortable, donde atendía y agasajaba a estas vistas. Allá llegó el ingeniero jefe de Minas, D. Luis, acompañado de sus ayudantes, al filo de las doce de la mañana de un día del mes de Noviembre. El Director de la Compañía, súbdito inglés – por ser fecha anterior al traspaso de la Compañía al Estado español – salió a recibirles a la puerta principal. Era la primera vez que recibía a este Jefe de la Minería de Huelva, a quien no conocía personalmente. La sorpresa del Director fue grande, cuando vio descender del coche, un señor alto, delgado, de edad madura, con sienes plateadas, de mirada profunda a través de finas gafas de filo dorado, que, hablando en correcto inglés, se dirigió a él afable y sonriente. Esta presentación había desarmado la prevención con que, todas estas visitas de inspección, suelen recibirse. Muy complacido, el inglés, acompañó a los visitantes a su despacho. Cambiados los saludos de rigor, y tras unos minutos de charla intranscendente sobre el viaje y el tiempo, les pasó a un salón-comedor en el que había una mesa espléndidamente surtida con mariscos – otra vez las cigalas y gambas de Huelva -, embutidos de todas clases y botellas numerosas con vinos variados, para tomar un “tente en pie” antes de bajar a los pozos mineros, objeto de la inspección. El Director, sonriente, ofreció con un gesto la silla de la presidencia en la mesa servida, a D. Luis García Lorenzana, nuestro ingeniero, quien, igualmente, con gran cortesía, rehusó la invitación, agregando que prefería hacer su visita de inspección antes de tomar ningún alimento, precisamente para abrir el apetito con el paseo. El Director, amablemente, respondió: “Como Vd prefiera”; e inició la salida del comedor seguido del ingeniero y sus dos ayudantes, quienes, acostumbrados, por anteriores visitas, a este aperitivo de media mañana, lanzaban sus lánguidas miradas a aquella mesa tan repleta de manjares.             La inspección transcurrió normalmente, recorriéndolo todo, viéndolo todo, preguntando por los detalles más insignificantes, y, cuando regresaron al comedor eran cerca de las tres de la tarde, hora más que adecuada para hacer frente a aquellos manjares, dejados horas atrás y que ahora servirían de entremeses.             Sentados a la mesa, D. Luis, dirigiéndose a su anfitrión, le dijo con toda naturalidad: “Yo le agradezco de todo corazón sus atenciones y obsequios y esta espléndida mesa; pero yo soy vegetariano, y Vd me permitirá que no les acompañe. Si no tiene inconveniente, con toda libertad señalaré mi menú”. El anfitrión hizo venir al cocinero, a quien D. Luis pidió lo siguiente: una ensalada de lechuga y tomate, tortilla de patatas, queso y frutas, más agua mineral. Nadie hizo la menor objeción; pero el menú sirvió de hilo conductor de la conversación durante la comida. Desde la dieta estrictamente vegetariana de los brahmanes, hasta la exclusiva de grasa y carnes de los esquimales, pasando por el crudivorismo – exaltación de algunos naturistas – todos los regímenes alimenticios fueron contemplados, mientras unos aplacaban su hambre con productos animales y D. Luis lo hacía con otros del reino vegetal; sin llegar a un acuerdo en cuanto a las ventajas de uno y otro sobre el hombre, su influencia sobre el trabajo y su comportamiento. Decía D. Luis que había aprendido en sus viajes a la India, que la alimentación animal impide la purificación de los más altos y nobles vehículos del espíritu.             Terminada la sobremesa con café, licores y habanos, de cuyos tóxicos también se abstuvo el Ingeniero Inspector Lorenzana, fueron acompañados los visitantes hasta su automóvil por los directores ingleses con unas muestras de respeto y consideración que no habían observado los ayudantes mineros en sus anteriores visitas a la mina. A veces, cuando D. Cándido, terminada la consulta vespertina, iba a visitar a la madre de D. Luis, se extrañaba de que tan pronto cenaran en aquella casa, pues en el comedor encontraba, sobre la mesa puesta: queso, frutas secas y del tiempo, que él estimaba como los postres; pero, en realidad, era la mesa puesta para cenar, no ya para levantarse después de haber cenado.             Era tal el rigor con que llevaba su régimen vegetariano, que, su esposa, que pasó la guerra civil separada de él. Decía a D. Cándido, después de pasada aquella, que su mayor temor y angustia había sido pensar que a su marido le hubieran podido encarcelar, pues ella sabía que se hubiera dejado morir de hambre antes que comer el rancho hecho o cocinado con grasas y carnes animales, o pescados. Lo que no había pensado ella es que había estado a punto de desaparecer sin necesidad de negarse a vulnerar su dieta vegetariana.             Siguiendo la costumbre universal de los regalos por Navidad entre amigos, familiares y deudos, y entre los que aprovechan estas costumbres para obsequiar por un favor que se ha recibido o que se piensa recibir, para propiciar gestos y actitudes benévolas, la casa de D. Luis no era una excepción de las de los demás Jefes de Servicio; se llenaba de regalos de todos los que tenían algo que ver con el negocio de la minería; pero se llenaba durante el tiempo preciso para ser trasladados al Asilo de Ancianos, que, aquellos días, comían jamones, embutidos, pollos, pavos, corderos; bebían las mejores marcas de vino y champán y fumaban los mejores tabacos de Cuba. Esta actitud la tomó el segundo día de recepción de estos presentes, porque el primero se limitó a rehusarlos; pero su esposa y D. Cándido le convencieron de que era una fórmula descortés y antisocial devolverlos, por lo que tomó la decisión de aceptarlos. “Sí, para los pobres del Asilo”.             Amor a los animales. No comía cadáveres; pero tampoco los producía. Completaba el 5º mandamiento con textos sacados de los Vedas, y así, le añadía: “No matarás a ser viviente”; y lo cumplía.             Un día al llegar a su casa, encontró a la sirvienta gritando y dando golpes con una escoba a un ratoncillo que se había escapado de un cajón de libros. Al verla él, con toda naturalidad le arrebató la escoba y le dijo: No hay que matar ni maltratar a los animales. Ayúdeme. Y, uniendo la acción a la palabra, sacaron cuidadosamente el cajón al jardín para que los hermanos del fugitivo pudieran abandonar el nido tranquilamente sin ser perseguidos a escobazos.             Llegaba una noche de uno de sus frecuentes viajes a Madrid. Al salir de la estación, con su maleta en la mano, se dirigió a la parada de coches de caballo que eran los que, entonces, hacían el transporte urbano de viajeros, y, montando en uno, dio al cochero la dirección de su domicilio; el cochero arrancó y todo fue bien hasta llegar a la cuesta de El Conquero, en cuya cima estaba su chalet; al llegar aquí el caballo disminuyó la marcha, y, el cochero, a latigazo limpio sobre el animal, pretendía que este acelerara el paso. Nuestro viajero, ante aquella paliza que recibió el animal, le dijo: “Pare Vd, por favor, al caballo, para que suba la cuesta, mejor que con el látigo la subirá con cebada ¿Qué le debo a Vd?”. Y, cogiendo la maleta, siguió a pie hasta llegar a su casa, ante el asombro y la perplejidad del auriga.              Otra vez, en uno de sus paseos por los alrededores de la ciudad, encontró a unos mozalbetes que estaban martirizando a unos pajarillos que habían cazado y se entretenían en amarrarles unas cuerdas a sus patas y por el otro extremo la sujetaban a un palo. El animal, al sentirse libre, emprendía el vuelo que concluía cayendo al suelo al terminar la longitud de la cuerda. D. Luis se acercó a ellos tranquilo. Como podía acercarse a otro chico de su edad y les preguntó el porqué de su crueldad con inocentes pájaros; que a ellos no les gustaría, ni a su madre tampoco que, el maestro, en la escuela, les amarrase con una cuerda a la pata de la mesa el día que no supieran la lección. Les propuso un trato: les compraba los pájaros. Y les dio unas monedas para que los soltaran, ante el asombro de unos y las burlas de otros; pero los prisioneros recobraron la libertad.             Más de una vez, camino de la oficina, se encontraba con algunas aldeanas que llevaban un par de gallinas a la plaza, colgando de las patas, cacareando como desesperadas, y, entonces, él se acercaba u, con toda amabilidad les cogía las gallinas por las patas y las ponía descansando sobre el brazo opuesto, con lo que el cacareo de las aves cesaba automáticamente, y les decía: llévelas Vd así para que no sufran y no se quejen. La mujer, como hipnotizada, ponía las aves sobre su brazo izquierdo, sujetándolas con la mano derecha.             En cierta ocasión padecía una bronquitis muy rebelde; no se habían aún incorporado a la terapéutica los antibióticos, y, su médico, le prescribió unas vacunas anticatarrales que se puso, no sin reticencias, por entender que se trataba de unos gérmenes – seres vivientes, al fin – que habían sufrido unas manipulaciones por las que se había alterado y distorsionado su ciclo vital.             Caminaba un día, acompañado de su esposa, por la carretera de acceso a la ciudad, de regreso a su casa, cuando un camión que pasaba, atropelló, en su presencia, a un perro vagabundo que quedó tendido y abandonado, con el espinazo fracturado por el tercio posterior. Cogieron al animal en brazos y lo llevaron a su casa; requirieron los servicios de un veterinario que curó al perro; pero siempre quedó medio inútil, marchando con las patas traseras medio arrastrando. Esto no fue óbice para que disfrutara de los mismos cuidados y cariño que otro compañero que, al igual que él, era vagabundo; pero sano y saltarín. Decía D. Luis, que los cuidados y cariño mostrado a estos animales, les ayudaban en su evolución, acelerando la separación del todo de su alma grupal. Este respeto hindú, y cariño a los animales que demostraba con hechos, quería trasmitirlo al círculo de sus amigos y conocidos; pero jamás pudo poner en marcha la Sociedad Protectora de Animales y Plantas, a pesar de sus reiterados intentos, sin duda porque en aquella sociedad de la posguerra era más urgente restablecer los derechos de respeto y protección del hombre.             Amor al hombre. LA creación de una fraternidad universal, formada por todos los hombres de la Tierra, sin distinción de razas, credos o religiones, era uno de los pilares en que se asentaban sus creencias teosóficas. Una fraternidad universal, en la que el egoísmo, que es hoy el motor de las acciones humanas, fuera sustituido por el amor, y, para esto, había que empezar por practicar el amor uno mismo; amor, amor a cuanto nos rodea y, de manera especial, a nuestro prójimo. Toda su vida estuvo presidida por este amor a la Naturaleza, a sus criaturas y, sobre todo, al hombre. Todo esto unido a la austeridad de su vida, a la pureza de sus costumbres, la sencillez y bondad para cuantos le trataban, hicieron que, alguien que le conocía bien, dijera de él que era un santo laico, y, hasta que le bautizaran cariñosamente con el título de “San Luis del Conquero”. Sus virtudes le hacían acreedor a aquel apelativo.             En los años del hambre de la posguerra, en los que escaseaban los alimentos y había que buscarlos en el mercado negro o “estraperlo”, de nada servía dar unas monedas de limosna a un pobre, por lo que él les socorría no con dinero, sino con un plato de comida que hacía preparar todos los días para una veintena de pobres de los que vivían en las cuevas o chozas de los “cabezos” colindantes. Un día, a la hora del reparto, notó la ausencia de uno de los habituales, un viejecito a quien él llamaba Diógenes, porque vivía solo en una cueva excavada por él mismo en la falda de la colina, y en la que había de permanecer agachado, por lo reducido de su altura y tamaño. Como al día siguiente se repitiera la ausencia, supuso que algo le pasaba y se fue a la cueva – al tonel de su Diógenes – y, en efecto, le encontró tirado en su camastro, con fiebre elevada y gran quebrantamiento general. Desde allí se marchó a buscar a un médico que trajo al poco rato, quien diagnosticó pulmonía. Poco después traía un practicante y los medicamentos de la farmacia. No conforme con esto y viendo que en aquellas condiciones de miseria no podía atenderse una enfermedad, gestionó personalmente y llevó a cabo su ingreso en el Hospital Provincial, adonde acudía todos los días para visitarle, hasta que fue dado de alta y pudo reanudar sus comidas en el comedor social de “San Luis de El Conquero”.             Por aquellos tiempos, en la festividad de Reyes, se gastaba media paga en juguetes, que repartía entre los niños pobres de la vecindad.             Un día, al salir de su casa, D. Cándido, después de una corta visita de médico, D. Luis le dijo: Hágame el favor, mañana cuando Vd vaya al Hospital, de hacer llegar a Miguel Santos, de la sala de San Juan, cama nº 7, estas doscientas pesetas. El pobre vive solo y carece de lo más indispensable. D. Cándido cogió el dinero y prometió que al día siguiente estaría en manos del interesado; pero a D. Cándido se le olvidó el encargo al día siguiente y al otro, y, cuando quiso efectuarlo, había fallecido el interesado. Al devolverle el dinero a D. Luis y explicarle lo sucedido, exclamó éste profundamente conmovido: ¡Pobre hombre!, qué sensación de soledad y desamparo habrá sentido en sus últimos momentos.             Durante toda su estancia en Huelva, su vida está jalonada de acciones caritativas, ayudando a los pobres con socorros en metálico, en ropas, en alimentos, en calzado. El día que abandonó esta ciudad, por traslado al Instituto Geológico de Madrid, entre los amigos que fueron a despedirle a la estación, se encontraba su médico y amigo D. Cándido, y, en un momento, le llamó a éste aparte y le dijo: “Hágame el favor de entregar estas 500 pesetas a la sirviente de la Srta. Z, para que se opere de su catarata”. Esto era, naturalmente, antes de la implantación de la Seguridad Social. Esta sirviente le había abierto la puerta cada vez que acudía al teléfono, y le avisaba de las llamadas durante una temporada que él carecía de aparato por escasez de material.             Su caridad, su amor a sus semejantes, no se proyectaba sólo su entorno social, sino que llegaba a los sitios más alejados e insospechados. Así atendía y ayudaba al sostenimiento de los campos de refugiados palestinos después de la fundación de Israel, a la campaña pro-infancia de la U.N.I.C.E.F., etc.             Las Jefaturas Provinciales de Minas percibían unos derechos o emolumentos en aperturas de minas, transacciones, etc., que se distribuían entre el personal facultativo de rango superior. Cuando el Estado español compró las minas de Riotinto a la Compañía inglesa propietaria, estos derechos o emolumentos, ascendían a una cifra respetable, sustanciosa, y, siendo entonces Ingeniero Jefe D. Luis, no siguió la costumbre establecida de repartirlo entre los Jefes superiores, sino que mandó hacer un reparto proporcional a las nóminas de todo el personal técnico, administrativo y subalterno; y, así, desde el portero y las limpiadoras hasta el primer Ingeniero, todos, por primera vez, participaron en aquellos beneficios extra.             Su ayuda a los demás, no siempre era de carácter material, crematístico, sino que muchas veces se desarrollaba en un campo moral, afectivo, espiritual. Así ocurría con el joven Pacheco, hijo de unos amigos suyos, empleado como contable en una empresa, y que, un mal día, tuvo la debilidad de incurrir en un delito de malversación de fondos, por lo que fue expulsado de la Compañía. Esto afectó tanto a Pacheco que, anonadado por una exaltación del sentimiento de culpabilidad le llevó a una marginación social que le tenía recluido casi siempre en casa. Al poco tiempo de suceder este episodio, D. Luis, tuvo necesidad de ausentarse de Huelva durante dos meses, para asistir a una reunión de altos Jefes de la Teosofía Mundial en Benarés (India) y fue a Pacheco a quien confió las llaves de su casa y le abrió una sustanciosa cuenta corriente en e Banco, para que durante su ausencia estuviera al corriente de la misma, con autorización para efectuar pagos y cobrar sus devengos en Jefatura. Este gesto de confianza en aquel muchacho acobardado y marginado, produjo en él un efecto psicoterapéutico milagroso, recuperando la confianza en sí mismo, rompiendo el cerco de culpabilidad y aislamiento consiguiente en que su falta anterior le había recluido. Volvió a ser el chico de siempre: animoso, trabajador, simpático, sociable; y bien pronto después se colocaba en un puesto de responsabilidad que desempeñó con toda normalidad y absoluta honestidad.             Con este afán de ayudar al prójimo, D. Luis, se adelantó a su tiempo en la promoción social. A todas las chicas que prestaban servicio en su casa, las hacía estudiar en sus ratos libres, con arreglo a su preparación y capacidad intelectual, y de allí salían para colocarse, en unos almacenes, en una oficina, una clínica, dejando así el servicio doméstico. Claro es que a esto contribuía también su esposa, Pepita, que, participando de sus ideas teosóficas, poseía una cultura, una sensibilidad y una bondad poco comunes. Ella era escultora y pintora y, además, escribía libros, casi todos de contenido esotérico que, en ocasiones, editaba la U.N.E.S.C.O., como La vida de Pitágoras. Poseía una cultura y formación más amplia que la de su marido; una sensibilidad (como mujer) más acusada; unas ideas y creencias iguales, por lo que constituían una pareja ejemplar, en la que el amor entre sí no excluía el amor a los demás. No tenían hijos, y, esto quizás, el sentimiento de maternidad frustrado, la llevaba a motivos infantiles en sus trabajos plásticos; pero la felicidad más completa, la paz y la armonía reinaban en aquel hogar extraordinario, poco común en una sociedad materialista que hace del consumismo su ideal.             Profesión y vida. Después de terminar su carrera de ingeniero en la Escuela de Minas de Madrid, amplió estudios en el extranjero, principalmente Geología, y visitó las minas de Escocia y Gales y las de Suecia y Noruega. Durante algún tiempo volvió a España para trabajar en la explotación de minas privadas en León, durante poco tiempo, pues pronto ingresó al servicio del Estado.             La mayor parte de su vida profesional transcurre en Huelva y Canarias, pasando dos años, antes de su jubilación, en el Instituto Geológico de Madrid. Las explotaciones de pirita de hierro y cobre y las de manganeso son las que están bajo su jurisdicción en la Jefatura Provincial de Huelva, y las prospecciones y captaciones de agua eran su misión fundamental en las Islas Canarias. Desde allí fue requerido por el Gobierno argentino para alumbramiento de aguas en las llanuras de sus pampas.             Su vida discurría sencilla y plácida entre sus trabajos profesionales y su hogar, en donde la lectura y la música constituían su ocupación. Traducía revistas inglesas y libros de Teosofía que luego tenía que repartir clandestinamente entre sus amigos y simpatizantes, porque nunca renunció a la labor proselitista de sus ideales. Respetuoso con las ideas ajenas, hacía de las suyas su sublime ideal que invitaba a compartir. Vivía en su mundo, no participaba en las relaciones sociales al uso. No frecuentaba el cine más que en caso de películas excepcionales, generalmente musicales, ni entraba en casinos, bares o cafeterías. Gustaba del trato de gente sencilla, modesta; pero honesta y sincera. Amante de la libertad y de los derechos humanos y del individuo; odiaba la dictadura y sus crímenes. Siempre vivía en casa rodeada de jardín y plantas, nunca lo hizo en pisos o apartamentos. Buscaba el aire libre, las plantas y la naturaleza toda. Era alto, delgado, moreno, con mirada profunda y serena, apenas velada por gafas de fina montura dorada, cabellos abundantes y plateados, dándole el todo el porte de un profesor de Universidad o de un investigador. De carácter afable, bondadoso, pacífico; no participaba en discusiones, no hablaba mal de nadie, persuasivo, con gran sentido del humor, generoso y gran caballero. Sus compañeros le querían y respetaban como ingeniero; no tanto como teósofo; estas ideas les resultaban exóticas e inexplicables y las toleraban con sonrisas de escepticismo. Los subordinados le admiraban, y sus amigos y protegidos, y todos, le consideraban e una talla y calibre moral excepcionales.             Paradojas. DE todos es conocida la acción nociva que, sobre los bronquios, ejerce el polvo y el humo. Las atmósferas pulvígenas y el tabaco son las responsables de gran número de afecciones respiratorias; desde la silicosis del minero hasta la simple bronquitis, pasando por el cáncer de pulmón, cuentan en su etiología con la acción de estos agentes de polvo y humo. Esto no quiere decir que no haya mineros con larga permanencia en contraminas y que no contraigan la silicosis, ni fumadores empedernidos que no tengan cáncer ni bronquitis; pero no son sino casos que se salen de las líneas generales, y que, en cierto modo, confirman la regla, y que, por el contrario, hallemos sujetos que, sin contacto con estos agentes patógenos, padezcan enfermedades respiratorias. Tal es el caso de Lorenzana, y, por eso, lo registramos como hecho paradójico.             Nuestro protagonista vivió siempre en espacios abiertos, en casas rodeadas de plantas y flores; nunca en pisos o apartamentos. Sus visitas, como Ingeniero, a las contraminas, fueron de estudio o de inspección, siempre fugaces y rápidas. No frecuentó casinos, cafés, cines ni otros espacios cerrados, con atmósferas viciadas y contaminadas. No fumó jamás. Sin embargo y a pesar de esta vida sana e higiénica y de no haber sido fumador, tuvo frecuentes episodios bronquiales y, al final, una complicación pulmonar aguda, en el curso de su bronquitis crónica obstructiva, puso fin a su vida.             La acción de las dietas hipercalóricas, ricas en grasas, sobre el estado de nuestras arterias, es de todos conocida. No es infrecuente, hasta en los restaurantes públicos, oír que un comensal, ante el suculento plato de carne de cerdo de su compañero de mesa, le diga a éste: ¡cuidado con el colesterol”. Todo el mundo ha leído estadísticas de la incidencia de las enfermedades cardiovasculares en países de alimentación rica en grasas animales, y las de otros como la casta de los brahmanes en la India, vegetarianos generación tras generación. En los primeros el infarto de miocardio y los insultos vasculares cerebrales son mucho más frecuentes que entre los segundos. La dieta rica en proteínas y grasas animales favorece la formación y circulación en la sangre, y de este colesterol que parece ser el responsable de la obliteración paulatina de los vasos, se ocasionan estos accidentes, agudos y mortales unas veces, y lentos y crónicos otros.             Hemos visto en líneas anteriores que nuestro protagonista llevaba un régimen vegetariano estricto, que no tomaba otras grasas de procedencia animal que las que le proporcionaban la leche del desayuno y los huevos que tomaba de ven en cuando, y que, al final, por participar de la vulgarización de estos conocimientos dietéticos, tomaba sólo la albúmina de la clara de huevo y prescindía de la yema, albergue de la colesterina. A pesar de esto, y aquí de nuevo lo paradójico, en la década de los setenta, su organismo da muestras clínicas y funcionales de insuficiencia de riego cerebral y coronario; pierde la memoria y la estabilidad, y el sentido de la orientación, pérdida de interés por lo que le rodea, a veces lenguaje incoherente y algias precordiales. Estos hechos, aparentemente paradójicos, nos muestran que la Biología y la Medicina siguen siendo misterios.             Hemos podido ver a lo largo de estas líneas, que la conducta de Lorenzana para con sus semejantes, su amor hacia los que le rodeaban, sus virtudes, le hicieron merecedor del título de Santo, y se le conocía con el de San Luis de El Conquero. Toda su vida fue una constante práctica del bien, como correspondía a un santo. Sin embargo, al final de su vida, la sociedad no incoa un proceso de beatificación, aunque fuera laico, sino otro proceso, un proceso judicial que le hizo venir desde su retiro en Barcelona para comparecer en la Audiencia de Huelva, inculpado de un supuesto delito de falsedad de documento público, cometido en tiempos de sus actividades como Ingeniero Jefe de Minas en esta provincia. Todo sucedió así: Un negociante desaprensivo de Riotinto había vendido a unos alemanes de Hamburgo, diez mil toneladas de mineral de manganeso a un precio de acuerdo con la ley del mineral hallado en unas pruebas efectuadas aquí, por los interesados, en las muestras suministradas por el vendedor.             [Siguen comentarios, sin importancia, sobre el pleito].             Epílogo. A los pocos meses del fallecimiento de D Luis G. Lorenzana en Barcelona, su íntimo amigo, D. Cándido, visitaba aquella ciudad, e inmediatamente se puso en contacto con su viuda, Pepita Maynadé. Hablaron de todo, recordando, principalmente, los años de convivencia en Huelva. Contaba ella, con lágrimas en los ojos, los últimos días de su marido; su serenidad ante la muerte, su convicción de un más allá inmediato y feliz, después del tránsito de la vida a la muerte, del simple cambio de vía que esto representaba, del abandono del cuerpo físico, inservible ya, prisión y armadura que sujeta la evolución del espíritu. Le decía a ella, que este cambio de vía no debía atormentarla ni entristecerla; que no debía dar muestras de dolor por esta separación; que no le guardara luto por su ausencia de este mundo físico. Ella tomó al pie de la letra su consejo y, como le pidió, no se vistió de luto después del óbito. “Pero me ocurrió – seguía diciendo – que, al presentarme en público para arreglar la documentación del fallecimiento: testamento, seguros, pensiones, etc., observaba que, en cada una de las oficinas por las que había de pasar, al presentarme como la viuda de Luis G. Lorenzana, mis interlocutores ponían un gesto de extrañeza o malicia, al verme con los trajes habituales, de vistosos colores. Entonces decidió desoír los consejos de mi marido y seguir las costumbres sociales; y me vestí de luto, como una viuda más al uso. Desaparecieron los gestos de extrañeza y las sonrisas maliciosas, y, hasta los funcionarios de esas oficinas se mostraron más solícitos, impulsados, sin duda, por un sentimiento de piedad y compasión. Sin embargo – continuó – uno o dos meses después de esta rebeldía, me encontré, por la calle, con el Sr. Climent, muy amigo de Luis y espíritu muy evolucionado, que tiene coincidencia en el plano astral, y me dijo que se había encontrado con Luis y le había dicho que estaba muy disgustado porque su mujer, Pepita, le había desobedecido y se había puesto de luto en contra de lo que él le había dicho de no dar muestras de dolor por su partida”. Ella, naturalmente, ante esta segunda advertencia, se quitó los lutos.             ¡Así de sencillo el problema de ultratumba!.             La esposa de D. Cándido, católica practicante, la miraba absorta, con ojos desmesuradamente abiertos y como dudando de la integridad mental de quien le hablaba. ¿Bendita pareja de teósofos que, sin saberlo, se condujeron como dos auténticos y verdaderos cristianos!. Quien ama al prójimo, ama a Dios”. Hombres lobos y pasotas. Anastasio Rojo Vega.             Una de las cosas que más me han chocado siempre en los libros de medicina antigua que se ocupan de las enfermedades mentales, es la gran diferencia que parece existir, en cuanto a su puesta en escena, entre la locura de otras épocas y la actual. Siempre pienso que, claro está, no pudo haber individuos que se creyesen Napoleón antes de nacer el emperador de Ajaccio. Nunca pudo vivir algo antes de ser generado, pero ¿por qué se han perdido determinadas demostraciones de enajenación mental?.             Fueron muchas las locuras contempladas por los antiguos, que en el mismo saco echaban a los mentecatos y a los profetas, ambos con las facultades superiores sometidas a una fuerza externa. Los mente captus, los de la mente esclava de otras realidades, los que no tenían solución - privados de razón para siempre – y eran catalogados por estas tierras como tontos de pueblo; y los otros locos escogidos, respetables, poseídos por los propios dioses, que tan pronto podían profetizar – locura profética, oráculos, sibilas – como jurar en hebreo, que también habríamos dicho por estas tierras. Como aquel Ajax que un día comenzó a soltar palabros que nadie entendía, pero que sonaban tan tremendos que hicieron escribir: “tales que solamente un Dios, no un hombre, podría comprender”.                 Uno de los locos típicos y clásicos que ha desaparecido de las consultas de los psiquiatras, que no de la literatura y de las películas, es el hombre lobo, el enfermo de insania lupina, el licántropo. Si hemos de creer a los médicos y a los escritores de otros tiempos, lo de transformarse en hombre lobo y lunático, influenciable por las fases de la luna, era pan de cada día.             Los médicos decían que la culpa del mal hundía sus raíces en la melancolía y en la putrefacción interna de humores y materias nocivas. Tal vez. El caso es que en el ambiente rural no era infrecuente oír que determinada aldea disfrutaba de las extravagancias de un hombre gallo o de un hombre lobo. El primero, pacífico, se limitaba a despertar a sus vecinos con un kikirikí al romper el alba, a la manera del pobre Jhonny Weissmuller en sus últimos años de vida, cuando iba por los pasillos de la residencia de ancianos lanzando el ancestral grito y creyéndose realmente Tarzán de la selva.             Los hombres lobos no despertaban a nadie, de hecho era raro que alguien pudiese echarles el ojo encima, lo mismo que a los auténticos lobos. Rehuían la presencia humana. Su tipo característico solía ser un adulto entrado en años, casado, que tras abandonar higiene y limpieza y mostrar una conducta triste y huidiza, un día desaparecía para siempre. Los que estudiaron el tema nos los pintan así: “por el día andan por lugares solitarios y recónditos de los campos, pero al caer la noche rondan las calles y plazas buscando los cementerios, sollozando con voz aguda y llamando a los muertos. Pálidos, hirsutos, desnudos, delgados y con los ojos hundidos, desentierran los cadáveres y se alimentan de sus carnes”. Como vivían en tiempos en que los niños no deseados eran abandonados en la calle, a las puertas de iglesias y conventos, también echaban mano de ellos para enriquecer la dieta. Quizás de esta su demencia proceda la expresión ‘comerse los niños crudos’.             Muchos locos raros, pero mi preferido es Demócrito de Abdera, el padre de la teoría atomista griega junto con Leucipo. Ha sido llamado ‘el filósofo risueño’, en contraste con el lloriqueante Heráclito, pero ¿estuvo realmente loco?. Sus convecinos aseguraban que como una regadera y buena prueba de su opinión es la fascinante consulta que - ciudad en pleno - hicieron a Hipócrates, el padre de la medicina: “Ahora, ¡oh Hipócrates!, este hombre nos presenta un grandísimo peligro, cuando se pensaba y se esperaba que sirviese para dar mucho renombre a la ciudad ahora y en los años venideros. Porque está atrapado por un mal tan grande que mucho nos tememos que Demócrito haya perdido el juicio. Porque, si es así, la ciudad de Abdera está perdida, pues se olvida de todo. Pasa los días y las noches en vela. Se ríe de todo, ya sea grande o pequeño. Se dedica a pensar que la vida no es nada. Si alguno se casa, negocia, alcanza el primer puesto en el foro u obtiene otros honores y cargos públicos, se ríe. Si alguien se ve afectado por una enfermedad, se hiere o muere, se ríe. Este buen hombre indaga principalmente sobre lo que ocurre en los infiernos y es lo que escribe. Afirma que el aire está lleno de pequeñas imágenes y dice que él oye y comprende las voces y lenguas volátiles. A menudo se levanta de noche y está solo y tranquilo. Otras veces se sienta como un perro y a veces anda sin rumbo y sale a otras ciudades y por toda la inmensidad de la Tierra, por doquier, dice que hay muchos e innumerables Demócritos semejantes a él. Vive loco y falto de juicio y disminuido corporalmente. Esto, ¡oh Hipócrates!, es lo que tenemos”. Deliciosa historia clínica del primer pasota. Y es que entre los griegos y los chinos lo inventaron todo.             Aquí andamos, evolucionando. Anastasio Rojo Vega.             Maté un perro y me llamaron mataperros. Darwin, el señor Charles Robert Darwin, nunca dijo que el hombre descendiese del mono, y sin embargo, si por algo es famoso, es por esa concreta y categórica afirmación que nunca hizo. Sabio tímido, opinó con la vocecita suave y chillona que suelen sacar los ingleses, que hombres y monos teníamos un origen común, que hubo un pre-mono y pre-humano del que derivaron nuestros primos, aficionados a las frutas y a las selvas, y del que, en algún momento, surgimos nosotros, más inclinados al whisky y a las discotecas mientras el cuerpo aguante. Hace cosa de cuatro días los de Atapuerca nos enseñaban el careto, en terminología científica de Pérez Reverte, de uno de los inquilinos más antiguos de la caverna burgalesa. Vatios se tranquilizarían al leer en el pie de foto que ese señor no está en  la línea directa de sucesión de los que ahora disfrutamos del gobierno de la Junta. No señores. Ese fulano tan feo acabó en un callejón sin salida. Murió como un pariente solitario del que nosotros, sobrinos rapiñadores, heredamos los cazaderos, el sol y los ríos castellanos que constituyeron su fortuna. Sin embargo, la continuación de la noticia no habrá gustado a todos. Eso de que los demás tengamos origen africano ¿de qué?. Más de uno protestará diciendo que eso es mentira,  que él es del pueblo de toda la vida y que entre sus abuelos no hubo nunca ni negros ni moros. Habrá, incluso, quien en su enojo exhiba una probanza de limpieza de sangre o una ejecutoria de hidalguía, que las hay.             Darwin dijo lo mismo que el Sumo Hacedor, pero con una pequeña variante. Yahvé el terrible, en su famosa mise en scene del origen del mundo, despachó a los seres vivos con un lapidario: Creced y multiplicaos. El émulo anglosajón, práctico y atento a lo cara que está la piedra tallada, plantó en el papel de su Origen de las especies un creced o multiplicaos que le dejó tan a gusto. Una diferencia casi imperceptible, pero con mucha miga.             La primera máxima es digna de recibir, desde el felpudo, a las visitas de Brigite Bardot. Muestra nuestra confianza en que la Naturaleza es por esencia buena y hace todo del mejor modo posible. Flores, árboles, elefantes y hombres, escuchadme todos, multiplicaos y sed felices. El horizonte siempre estará un tiro de piedra más allá de vuestro último paso, el océano bullirá eternamente de peces y la tierra producirá constantes mares de espigas para alimentaros. Nada os faltará nunca. Y si no, Dios proveerá.             El hijo de la Gran Bretaña introdujo dudas. ¿Hay comida sin límite para todos en el supermercado universal?. No. La naturaleza no es una tarjeta bancaria con saldo ilimitado, como creen los niños cuando ven sacar dinero de los cajeros a sus padres. La Naturaleza es perversa, en tanto que la felicidad de los unos asienta sobre la desgracia de los otros. Ser gourmet o plato, esa es la cuestión. Lucha por la supervivencia. Lucha por la vida. El título completo del libro es: El origen de las especies mediante la selección natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida.             En el Génesis las especies son inmutables, en Darwin los seres son modelados por la presión que ejercen los vecinos. ¿Cómo sobrevivir?, creciendo como el primo de Zumosol, a quien no hay quien le tosa, o – aquí está el intríngulis, ‘o’ en vez de ‘y’ – multiplicándose tanto que, por muchos que mueran, siempre queden los suficientes para mantener la especie, gracias a una capacidad de procreación explosiva. Dos caminos a elegir: mosca o elefante, ballena o krill. Por cierto, propongo cambiar el término de krill por el de quisquilla, es mucho más simpático, dónde va a parar.             Hoy las teorías darwinistas están siendo sometidas a revisión. Los primeras sorpresas científicas surgieron, por casualidad, en piscifactorías. Se vio que el volumen de agua disponible influía sobre el tamaño final de los peces, que aquellos que durante años habían producido generaciones de ‘x’ centímetros, proporcionaban individuos de mayor talla colocados en piscinas más grandes. Más aún, cuando se llegaba a cierto grado de amontonamiento, el impulso sexual de la tropa desminuían, y lo contrario ocurría si se extraía una porción importante del cardumen, en cuyo caso se organizaba una orgía que no paraba hasta recuperarse el numero habitual de los de siempre. Más. La conducta de los seres sometidos a estudio podía trastornarse a voluntad provocando la superpoblación de los estanques, a causa de ella se han descrito agresiones y episodios de canibalismo hasta entre los más pacíficos.             La han llamado Ley de la homeostasis, o del control endógeno, y ofrece muchas posibilidades a quien quiera entretenerse en pensar. Significa que, dentro de la misma especie, cada uno ejerce presión sobre los demás, a la vez que los demás la ejercen sobre uno. Que dentro de nuestra propia casa todos estamos potencialmente dotados para ser depredadores de todos, si la ocasión lo requiere. A ver si los nuevos principios nos ayudan a entender, de una vez,  lo que sucede con el hombre en los distintos puntos del planeta. De cualquier forma lo de las ballenas y quisquillas de Darwin sigue funcionando. Cada tiburón de revista, con coche de lujo y modelo colgando del brazo, necesita, para mantenerse, de una masa generosa de gilipollas sin ánimo de lucro. Eso dice mi amigo Carlos.  Arqueología. Anastasio Rojo Vega.             Se ha pasado una página de la historia de España, han dicho los comentaristas. La muerte de Santiago Carrillo simboliza el fin de una Era y el tránsito de un mundo previsible y moldeable a otro que no sabe manejar ni la madre que lo parió. Un tránsito que desde el punto de vista económico es mundial, pero que desde el punto de vista histórico marcado por Carrillo solamente es español. No hay más que cruzar la frontera y comprar un periódico en Bayona para ver que unos metros más allá de la raya Santiago Carrillo no existe. Seamos modestos, la bronca entre Rajoy y Cataluña es para los europeos de arriba una simple anécdota ¡Esos españoles! Porque, lo queramos o no catalanes, vascos, castellanos y andaluces, para los de arriba todo lo que queda por debajo de los Pirineos es España, desde que los fenicios dieron el nombre de Hispania a toda la península. La vida da muchas vueltas y si uno camina hacia la Edad Antigua,  verá con curiosidad cómo, en la época de los césares, los castellanos estábamos sujetos al gobierno de Tarragona, capital de nuestra provincia, la Tarraconense; vamos, que en el momento del nacimiento de Cristo no éramos castellanos, sino tarraconenses.             Carrillo se ha debido ir de esta vida perplejo ¿Quien podía haber imaginado este paro y esta caída en picado de la economía cuando era secretario del Partido Comunista, cuando se burlaba del capitalismo desde debajo de su peluca?             Perplejo o no, ha fallecido para quienes tenemos una cierta edad, para nuestros hijos no ha muerto porque, simplemente, ha sido una figura que no ha ocupado absolutamente nada de su historial, como Franco. La página que se cierra es una de las  nuestras. Una página de enciclopedia en la que Carrillo y Franco seguirán existiendo mientras haya enciclopedias, porque son historia; nosotros lo tenemos más crudo. Como no hemos hecho nada especialmente relevante, como no dejaremos más que unos pobres huesos, en el mejor de los casos seremos Arqueología.