El Norte de Castilla, artículos desde 1995, I

NORTE DE CASTILLA I ARTÍCULOS PUBLICADOS EN ‘EL NORTE DE CASTILLA’, DESDE 1995. www.anastasiorojo.com A la vejez, viruelas. Anastasio Rojo Vega. Los viejos ya no son abuelos que disfrutan de sus nietos de cuando en cuando, sino abuelos-padres. No aquellos que se sentían seguros por tener los ahorros invertidos en preferenciales y en pisos, sino seres mosqueados por la posibilidad de quedarse sin el pago a sus fatigas. La mayor esperanza de vida sirve para advertir que peligran perspectivas de  bienestar e hijos colocados. Adiós el tiempo propuesto por Platón en su República: “cuando ambos sexos hayan pasado la edad fijada por las leyes para dar hijos a la patria, dejaremos a los hombres en libertad de tener relaciones con las mujeres que les parezca, menos con sus abuelas, sus madres, sus hijas y sus nietas. Las mujeres tendrán la misma libertad con relación a los hombres”.             Un tiempo que ¿qué voy a contarles? no encontró nunca eco en estas tierras altas y frías. Aquí, en vez de amor libre, sopitas de ajo y bolsas de agua caliente para los pies. ¿Qué podía esperarse de una Castilla añeja, de consejas y refranes, que establecía: “Hasta los treinta, en buena hora vengáis; hasta los cincuenta, en buena hora estéis; hasta los sesenta, norabuena vais – es decir, adiós -; desde los sesenta, ¿qué hacéis aquí?”; sabiduría popular a la que Melchor de Santa Cruz añadía: “el hombre de cincuenta años arriba más ha de ocupar sus pensamientos [en] cómo ha de recibir la muerte, que no en buscar reglas para alargar la vida”.             ¿Viejos a los cincuenta? Entonces sí. El emperador Carlos abdicó y se retiró a Yuste, con intención de preparar el alma para el último viaje, a los cincuenta y seis, falleciendo a los cincuenta y ocho. Nosotros, los que las Parcas respeten, viviremos más que el emperador, pero no sé si mejor a partir de una edad. Cuanto más añosos, más estropeados. A la vejez, achaques. ¿Mitigará la decrepitud la posibilidad de llegar a conocer en qué queda lo que nos está acogotando?. Mira, a lo mejor la crisis, la curiosidad de saber cómo termina, tiene su lado positivo.               A por la parejita. Anastasio Rojo Vega.                 Los agoreros viene anunciando por todo lo que llevamos de año, que la burbuja inmobiliaria ya no puede más, que, si no la hemos alcanzado, estamos a punto de coronar la cumbre a partir de la cual  no se podrán comprar ni vender pisos, porque todo el mundo tendrá el suyo o los suyos. Suena un poco a Forum Filatélico en que probablemente muchos ahorradores hayan invertido en los también denominados piso-hucha bastante más dinero de lo que realmente valen. Si en el Forum estaba hinchada la tasación de garantía representada por los sellos, aquí puede estar inflada la de las viviendas.                 Además, que lo repetitivo aburre. Con las películas ocurre menos, pero con las canciones vemos palpablemente que hasta las que más nos gustaban acaban dejándonos de tocar – suenan en la radio y ya ni nos enteramos de ellas – el corazón por reiteración. Así que, si ya tenemos un piso ¿Para qué meternos en otro?. Hasta los matrimonios que han tenido un hijo quieren – cada vez menos – que el siguiente sea del otro sexo. La parejita.  Amigos tengo que se han aproximado a la media docena antes de convencerse de que lo suyo no era la variedad y que era mejor dejarlo que fundar una colonia.                 Tendemos a la variedad y esta no puede ser otro piso. ¿Entonces qué? Los cada vez más raros ahorradores ¿En qué pueden invertir sus dineros?.                 La solución está surgiendo en varios de nuestros países compañeros de la C.E.E. Las generaciones que están tomando las riendas de algunas sociedades están pasando de fijarse como meta la riqueza por sí misma, el puro dinero; a marcarse como objetivo la calidad de vida. Un billete de quinientos euros, ya saben, ese que llaman el Bin.Laden, porque se sabe que existe pero nadie le ha visto; es un gran valor en nuestras vidas, sí, pero ¿hasta qué punto lo es menos saber lo que comes?, por ejemplo.                 Así que una de las ilusiones de todas estas generaciones no es tanto ya tener el piso y una segunda vivienda, cuanto tener un piso y una huerta, por simplificar. La medida ideal son seiscientos metros cuadrados, cien para la casa y quinientos para permitir la producción de las suficientes legumbres, hortalizas y frutas como para autoabastecerse; siempre bajo la línea de ese criterio tan invalorable que es saber qué cómo y cómo se ha producido. Es el mismo sentido, el mismo nuevo valor de la riqueza, que está haciendo que en Francia, en Italia y en Alemania, sobre todo, se desarrolle lo que esta siendo calificado de Agricultura ecológica.                 Claro, que en dichos países lo están resolviendo mejor, porque mientras en ellos las jóvenes que quieren comprarse un adosado – por emplear un término popular entre nosotros – exigen que lleve su buena parcela de terreno; aquí, como todavía eso de lo ecológico nos pilla un poco lejos, nos conformamos con un chalet con garage y bodega que los anuncios dicen provisto de jardín porque se les debió acabar el papel al escribirlo, porque no son jardines lo que les embellece, sino jardín-eras. Los constructores lo resuelven respondiendo que no se preocipen por el verde, que para eso ya está el campo de golf.                 En España llevamos varios siglos llegando tarde y mal. De aquí a poco, cuando las ideas de los países ricos de toda la vida nos lleguen, las generaciones ya maduras considerarán un símbolo de poderío invitar a  los amigos a casa y decirles: y esta lechuga es mía, y estos tomates, y estas manzanas, sin nada de química… o con la química que hayan considerado oportuna. Mis tomates.                 Sólo es cuestión de dejar correr un poco el tiempo. Paciencia los bancos. De aquí a veinte años volverán a florecer las hipotecas. Los que vayan acabando de pagar las de los pisos querrán tener también su cacho de autosuficiencia y de capricho y pedirán otra. El piso y la huerta. La parejita.                                       A vueltas con los libros. Anastasio Rojo Vega.                 El lunes 22, con la mente aún llena de las imágenes tentadoras que Javier Cabornero nos expone en Las Francesas, perversamente, como los ricos lucían sus galas en los desfiles ante los pobres y los pasteleros colocaban, socarronamente, la fuente llena de pasteles al otro lado de la luna del escaparate frente al colegio; con la mente aún pensando en Jardiel, en el patrón de los humoristas José Francés y en tantos otros allí representados; envuelto en el espejismo de tanto libro hermoso, descendí de un taxi frente al instituto Parquesol, ‘el viejo’, para charlar, precisamente, sobre libros, invitado por un no menos arcaico amigo de la niñez, llamado José Antonio González González.                 Hoy está concluyéndose la semana y sigo dando vueltas al asunto. Resulta curioso que la escritura naciese de la necesidad precisa de los mercaderes de no olvidar los pormenores de sus negocios. Nada de creación literaria, nada de idealismos fantásticos, las primeras letras fueron: palote, palote, palote, palote, dos “V” invertidas unidas por la parte de arriba con una raya, como si fuese una portería de fútbol, y un ojo rudimentario tachado. Traducción: el tuerto me debe cuatro cabras. Desde luego esto no es poseía, pero la hay peor que ha sido editada.                 El problema de los analfabetos es que no pueden dejar constancia y registro perenne de lo que han visto y aprendido. Su mundo es el de toda la vida y el de “esto se hizo siempre así”. Cultura transmitida de padres a hijos que tiene que ver, fundamentalmente, con los diversos problemas de la vida práctica: sembrar, cosechar, cazar, cantar, bailar, orar; que por su validez cotidiana puede resistir lustros y aún siglos sin perderse.                 No sucede lo mismo con lo que no es imprescindible para la vida y el rito diario. Cualquiera de nosotros puede hablar durante horas de su peripecia; un rato largo de lo acontecido a sus padres, gracias a la utilización de las sobremesas como sistema de afianzamiento de vínculos familiares; y muy poco de los abuelos. Teniendo en cuenta que, aproximadamente, cada treinta años hay recambio generacional, nuestro antecesor sesenta y seis hacia atrás fue contemporáneo de Jesucristo y el veinte de la batalla de Villalar. ¿Quién ha oído en las tertulias caseras contar algo de ellos?. ¿Por qué?. Porque como no escribieron sus vivencias y estas no eran fundamentales ni necesarias para la supervivencia de sus sucesores, se olvidaron.                     El libro es el soporte material de la memoria humana y un pellizco de los saberes surgidos de una mente supuestamente tan racional como fantástica. Muchos libros son una biblioteca y una biblioteca lo que ya dijo Asurbanipal, extasiado ante las baldas repletas de tablillas cuneiformes de su palacio de Nínive: “he aprendido los preciosos conocimientos escondidos de toda la ciencia escrita, he sido iniciado en los libros de los presagios del cielo y de la tierra, a ellos me he entregado en compañía de los sabios. Soy capaz de descifrar, palabra por palabra, las inscripciones en piedras de antes del diluvio, que son herméticas, sordas y enrevesadas”.                 El gran cazador de leones estaba orgulloso de saber leer en un tiempo en que eran pocos los que podían hacerlo, las clases superiores, que se transmitían el conocimiento de la lectura y de la escritura por la vía del método esotérico. Un lenguaje de hombres que servía para conocer los deseos divinos en los signos del cielo y en los presagios de la Tierra, un arte que abría la puerta de los arcanos perdidos e iluminaba las inscripciones antediluvianas, extrañas e intrincadas. El que ha traducido el contenido de la tablilla al castellano escribe herméticas, con lo que nos estaríamos refiriendo al tres veces grande Hermes, al Hermes Trismegisto del amanecer egipcio, el ser mítico que supo todo lo que había que saber de la alquimia, fabricar la piedra filosofal que convertía cualquier metal en oro, el elixir de la eterna juventud y la panacea, liberadora de enfermedades. Salud, dinero y amor universales gracias a sus recetas. Lo malo es que escribió de manera tan oscura que nadie ha podido reproducirlas. Sus fórmulas son fuegos artificiales de palabrería disfrazados de mezcla compleja de conceptos. Dice, por ejemplo, tómese oro macho y nos obliga a preguntar: Señor Hermes, ¿y cómo distingo yo al oro macho de la hembra y del que ha salido homosexual?. En la especie humana sabemos, más o menos, lo que hay que mirar para diferenciarlos, pero, ¿y en los metales?. Tantos libros como escribió y resulta que no nos valen ni para distinguir el gallo de la gallina.                 Creo que en el Poimandres nos dejó hasta la fórmula para llegar a ser escritor famoso. Escritor famoso y joven, porque cuando hace algún tiempo me invitaron a hablar en el congreso de la Sociedad Española de Jóvenes Escritores celebrado en Alcalá, al preguntar a la señorita que presidía aquello qué quería decir lo de escritor joven, me respondió que menor de treinta y cinco años. ¿Por qué?. Por que el que a los treinta y cinco años no haya conseguido ser conocido, que se retire. Escritores antes de los treinta y cinco años. ¿De qué?. ¿Productores de páginas de Internet?. Escuche su majestad Asurbanipal, ¡Oh sapientísimo Cabornero!, que dicen que este tiempo es de otros libros. Abortos, malpartos y niños secos. El segundo gran terror de las madres - el primero era el malparto, infección y fiebres puerperales que las llevaban a la tumba - era el aojamiento o mal de ojo, la mirada infecciosa de las brujas, “que infeccionan con la vista, particularmente a los niños tiernecitos y a otras personas de complexión delicada”. Se las acusaba de matar criaturas por millares. En la peste de 1533 el propio cura párroco de la iglesia de San Pedro de Mucientes no tenía rubor en defender que los niños que hasta allí habían muerto en el pueblo no lo habían sido por la epidemia, sino secos por las brujas. Las brujas eran ineludiblemente viejas, secas y frías. La vida se escapaba a chorros de su cuerpo y por ello chupaban con la mirada a aquellos niños tan llenos de calor y humedad, justo lo que a ellas les faltaba. Era una forma odiosa como otra cualquiera de recargar pilas. No todos estaban de acuerdo sobre la forma en que lo hacían. Había quienes decían que no secaban con la vista sino con el aliento, con un hálito hediondo que exhalaban por una boca llena de babas resbalando por las comisuras, “y así, si infeccionan es por el aliento, o vapor que de ellas sale”. En esto de producir malos vapores no estaban solas. Todas las mujeres en general los desprendían cuando estaban con la regla “y así vemos que cuando se miran al espejo lo dejan manchado y sucio, pero esta mancha no le viene al espejo de la acción visiva, sino del vaho, o vapores crasos e infeccionados que de ella salen”. El repertorio de fechorías que las brujas del Siglo de Oro eran capaces de hacer sobre ganados, frutos y personas era bastante variado en tipos y formas. Podían modificar el aire respirado destemplándolo e infeccionándolo y administrar venenos y quintaesencias obtenidos de todos los productos ponzoñosos de la Naturaleza, “la quinta esencia sacada se puede dar y aplicar en tanta cantidad que luego mate o en tan poca, que secreta y lentamente vaya infeccionando la sangre y las demás partes del cuerpo y así, poco a poco, vaya consumiéndose y secando”. Aparte de sus andanzas con los alambiques y de los ratos de entretenimiento dando vueltas al contenido de la perola con un cucharón, también sabían construir figuras de cera con extraños caracteres escritos en ellas, que luego colocaban bajo el colchón o la cama del que querían maleficiar. Escribían figuras y signos raros en papeles y pergaminos, aspergían los bienes y las personas de aquellos a quienes querían hacer mal con agua maldita. Haberlas haylas y tan extendida estaba la creencia que aquí mismo, en Valladolid y dentro de la ciencia oficial, el doctor Luis de Mercado, médico de cabecera del rey Felipe II, en un libro sobre las enfermedades de los niños titulado De morborum puerorum recomendaba productos normales y de farmacia contra sus hechizos. Eso sí, después de haberlos mezclado con agua bendita o de haberlos llevado a bendecir. ¿Le duele la cabeza y piensa que la culpa es de la vecina de al lado?. Coja el tubo de aspirinas y váyase al cura párroco, que él sabrá lo que tiene que hacer. El aborto podía ser natural o demoníaco. El natural era achacado a falta de fuerzas en la mujer, cuya matriz no era capaz de alimentar suficientemente al feto o no tenía fuerzas para retenerlo cuando comenzaba a pesar algo. Los músculos no podían más y el niño caía al suelo de la forma más natural. Otra cosa eran los abortos inexplicables en mujeres fuertes y sanas. Aquí había de estar de por medio el demonio y si él en persona no alguno de sus auxiliares. Nuevamente las dichosas brujas incitando a la moza soltera preñada a pecar introduciéndose perejil majado en la vagina y tomando purgantes potentes. Los más potentes se denominaban drásticos y podían ser tan abundantes como la nueza blanca que crece generosamente en las orillas de nuestros ríos. Los purgantes arrojan fuera del cuerpo todo lo que puede estar estorbando, por eso los médicos tenían prohibido por ley suministrárselos a las embarazadas. Las brujas no se cortaban por ella y acudían además a golpear suavemente el vientre de la mujer con una raíz de majuelo y darla de beber cagarrutas de cabra desleídas en agua. En este caso no puede decirse que estuviesen haciendo maldades, hacían lo que se les pedía. Más mala uva era provocar abortos en mujeres que deseaban tener hijos, en esposas que ansiaban con todas sus fuerzas tener un niño entre sus brazos. Las pobres lloraban viendo cómo todos sus embarazos, uno tras otro, concluían siempre antes de llegar a término o dando a luz niños muertos. Dios mío. ¿Por qué me tiene que pasar a mi esto?. (Ojo mujer!. Estate atenta no sea que alguien que te quiere mal esté mezclando cuajo de liebre con la comida y la bebida que tomas. Cuando paseas ¿no habrás visto hierbas tiradas en el suelo a tu paso? porque si se trata de onosma y pasas por encima perderás irremediablemente el fruto que llevas en el vientre. Ten cuidado siempre y por si acaso cuelga ramos de ruda en las puertas y ventanas de tu casa. Otra posibilidad de jorobar al prójimo era hacer que las mujeres tuviesen coitos dolorosos y malpariesen. La hembra perdía desde la  primera experiencia todo su interés por los temas generativos y el varón corría grave riesgo de quedarse sin nadie que heredase sus apellidos. Imagino al marido contrariado poniendo patas arriba la casa buscando envoltorios con cabellos, manojitos de plantas y cualquier otro objeto extraño escondido, levantando a pico y pala el suelo de junto a las puertas. Tenían la manía de que los productos maléficos ejercían mejor su poder si la mujer pasaba por encima de ellos, al encontrar los genitales indefensos. Excepto cuando tenían la regla, las mujeres no llevaban más ropa interior que una camisa o camisón. Las bragas no se habían inventado y los calzones no eran considerados imprescindibles. Con dos o tres faldas y refajos sobrepuestos y hasta los pies poco podían esperar los mirones. Además, así había menos que lavar.  Y si el matrimonio era tan burro que a pesar de todo conseguía tener un hijo y el hijo era tan tozudo que no se dejaba secar, a las brujas las restaba aun el recurso de secar a la madre, concretamente sus tetas. Era creencia que la leche se formaba en el útero, en la matriz, y que desde allí subía hasta los pechos. Algo muy complejo que explicaba teoricamente las frecuentes retiradas naturales. Cuando se sospechaba que la falta de leche no era natural se recurría a las misas de Santa Águeda, a beber agua con polvos de uña delantera de vaca y de lombrices de tierra, a beber caldo de malvas, a comer mucha lechuga y a llevar colgada al cuello una cuenta de leche. Era esta una piedrecita agujereada o engastada en plata, como un colgante, llamada galactites “llena de divina leche, como pecho de joven primeriza o de cabra fecunda”. Los médicos solían decir que era superstición popular, pero sus mujeres también las utilizaron. Es aquello de que en casa del herrero cuchillo de palo. Aquí herrero consorte.             Acta del Aire Limpio. Anastasio Rojo Vega.                 Estos últimos años han estado y vienen cargados de celebraciones de efemérides; nacimientos, fallecimientos, ediciones, centenarios; tantos que en algunos como en este de 2005 no ha habido ni fechas ni medios para celebrar, por ejemplo en Valladolid, no solamente la salida al público del Quijote, sino el nacimiento de Felipe IV a las riberas del Pisuerga bellas, que cantó don Miguel. Y si no ha habido luminarias para un pequeño Austria, pero con retratos en El Prado, ¿cómo había de haberlas para celebrar los treinta años transcurridos desde 1975?, la fecha fijada como tope por el Acta del Aire Limpio, en 1970, para que los coches redujesen las emisiones de monóxido de carbono en un noventa por ciento, porque al de 1976 le tocaba hacer lo propio con las emisiones de óxidos de nitrógeno, en el mismo grado.                 Lo del Acta del Aire Limpio me trae a la memoria a la Creedence Clearwater Revival, a Proud Mary y a los güateques sin aire acondicionado, llenos de carnes mollares y olor a autobús en hora punta; el mismo olor, mezclado a ratos con el del ozonopino, de los paraísos de los cines de sesión continua. Resurrección de las aguas claras. Cuando era pequeño, metido en el Pisuerga hasta más arriba de la cintura, pescando bogas, cuando tenía sed bajaba la cabeza  - qué cinturas aquellas - y bebía del agua que pasaba. Quizás por eso no padezco alergias.                 Después del Acta del 70 vino la Conferencia para el Desarrollo Humano de Estocolmo en el 72, que dejó unos escritos que podrían ser encuadernados, sin desdoro, con las obras de Khalil Gibran: En el valle de Kadisha, donde fluye el majestuoso río, dos pequeñas corrientes se encontraron y conversaron. Una corriente dijo, ¿Cómo has llegado, amiga mía, y cómo ha sido tu camino?. La filosofía profunda de lo cotidiano, como la de los de Estocolmo: Es vital añadir una nueva dimensión al pensamiento humano, la de contemplarse a sí mismos no como seres separados, antagonistas y meros explotadores del medio, de La Tierra, sino como sabios administradores de unos preciosos y limitados recursos.                 Hablaron de expectativas de cuadriplicación de la demanda mundial de agua hasta el 2022 y después vaya usted a saber. Se habló ya entonces mucho del agua. Los que subieron a la tribuna se esforzaron por hacer entender a los que no estaban en la sala de conferencias que había que hacer algo por librar a las aguas continenrales, a los lagos y a los ríos – bien dijo el poeta aquello de que los ríos y el mar es el morir – de aguas procedentes de la industria, alcantarillados, detergentes y fertilizantes, entre otras cosas. Un amigo de Zaragoza me contaba este mes de agosto que el último análisis de aguas realizado a pue de El Pilar había dado unos resultados espeluznantes, ante la baja de caudal de la corriente y la no porporcional disminución de uso de productos químicos en una zona hortícola tan poderosa como es La Rioja, alta y baja, y la huerta navarra. Insecticidas, fungicidas, herbicidas… todo eso que emplean los hombres del campo cuando dicen que van a sulfatar los manzanos o los calabacines.                 Un calco del Mississipi de los 70, que el Katrina me da pie a traerlo aquí al pelo. Ya han visto que los problemas de Nueva Orleans, los de quienes quieran volver a ella, no son solamente los de la inundación, sino los de la contaminación. Imágenes de miembros de los equipos de socorro enfundados en trajes de astronautas para no mojarse con aquello – Aquello, en mayíscula, que habría escrito Lovecraft -. El Mississipe está contaminado por cianidas, arsénico, fenilos, plomo y mercurio por poner cosas bien conocidas, y por las aguas mayores y menores de una población qiie en los mencionados 70 se consideraba alcanzaba las 2.370.000 personas. Seamos escatológicos. Miremos la taza diaria tras nuestro intercambio diario de recambio de materia y energía con la Naturaleza y multipliquemos eso por 2.370.000 y por 365 días al año. No es de extrañar que en algunos sitios los ríos no lleven agua, sino caldo.                 Luego los plásticos. El desastre de los plásticos y de las bosas de plástico. Eternas. Mortíferas. Los que han viajado por las cercanías del Mar de los Sargazos, junto a sus cientos de kilómetros cuadrados de extensión, se lamentan de que que es una pena ver aquella inmensidad de algas inmensamente sucia de basura retenida en el remolino. Una basura – plástica – que mata tortugas y peces que confunden las tiras de plástico con comida. Nada más tienen que ir a una tienda de pesca deportiva y ver cuántos señuelos no son otra cosa que tiras de plástico de colores llamativos. Es más, en esta misma semana los periódicos han recogido la nueva de la mortandad de lagartos en las islas Canarias por ingestión de condones. Por lo visto en las playas de las Oslas Afortunadas se acumulan ‘os chubasqueiros do pito’, que dicen los gallegos, y los lagartos que bajan a cenar a la orilla del mar por las noches se los tragan confundiéndolos con medusas y fallecen. Afortunados los humanos canarios, capaces de tanto derroche. Desafortunados los reptiles canarios, que andan todavía perdidos en las nociones del Jurásico.                 Hasta tan nobles artilugios son un residuo, una basura contaminante. Es lo malo de vivir bien. Es lo malo de que la humanidad viva mejor, porque cuanto mejor se vive más se tira y más se derrocha. Para un habitante de las selvas una lata grande es una joya que le permite cocer la comida, para un civilizado español es un envase que se tira al contenedor adecuado de reciclaje o no. Basura.                 Basura inactiva, como la procedente de las obras de las casas, los escombros, que alguien propuso compactar y tirar al fondo del mar; y basura activa, peligrosa, incluso muy peligrosa, como la procedente de las centrales nucleares, como el plutonio 239, que necesita 250.000 años para dejar de hacer daño. Esta, como saben, se entierra a grandes profundidas y tiene incluso defensores que defienden que esa basura radiactiva de hoy puede ser fuente de riqueza de aquí a cien o doscientos años. Minas de energía cuando la tecnología adquiera el desarrollo suficiente para aprender a reutilizarlo.                 También se habló en 1972, en Estocolmo, de los feniles policlorinatados, a consecuencia del caso sucedido en Yusho (Japón), año 1968, de envenenamiento de 1.081 personas, con fallecimiento de 22, por uso culinario de aceite de arroz envenenado con ellos. Sí, lo mismo que la colza española.                 Se habló de todo y se dieron indicaciones para resolverlo todo y, sin embargo, el Aire Limpio no ha llegado, ni los ríos están limpios, ni nadie hace caso al convenio de Kioto. Por eso, quizás, es por lo que el año que viene, dejémonos de bobadas, celebraremos el centenario de Colón.        Adiós. Anastasio Rojo Vega No hay mejor cosa que morirse, para que le salgan a uno amigos de todas partes, sobre todo si el difunto sale en la prensa. Durante una semana, una muchedumbre presumirá de haberlo conocido, de haber dormido casi en su cama, jugando con la ventaja de que los muertos son seres abonados a la paz, eméritos del Requiescat in pace, y no vendrán a tratar de desdecirlos, a corregir las anécdotas tomadas de otros que se cuentan como de primera mano. No soy amigo de necrológicas, más cuando la persona en cuestión lleva unos cuantos días apareciendo y despareciendo en los periódicos, como un recuerdo que quisiera resistir, como una bandera trémula. Tuve buena relación con Pepe Relieve muchos años y desde hace muchos años, desde que comencé la Universidad hasta que le exiliaron al Poniente; pasé un par de veces por allí y en la una le compré una pila de revistas Triunfo. Una de esas cosas melancólicas que le dan a uno. El paulatino envejecer de Pepe fuera de su territorio natural y su muerte me han afirmado en lo que creo estar viendo desde hace tiempo, el progesivo envejecimiento de un valor que creíamos incontrovertible, el de los libros y, sobre todo, el de los libros de viejo, de valor incalculable para cuatro nostálgicos, pero que la mayor parte de los habitantes del ahora echarían en el contenedor del papel reciclado. Tentaciones de valor incalculable como las que le compraba de estudiante. Papeles sueltos, folletos, cuadernos... Miraba el montón, se rascaba bajo la boina, me miraba a los ojos y me decía: dame... Una nonada. Son mis mejores joyas. Joyas del tiempo en que las casas eran admiradas por su biblioteca y no por estar amuebladas en IKEA. A los únicos libros a los que se concede valor hoy es a los de temporada. Se leen y se liberan. ¿Liberar? ¿Quién lo podría haber imaginado?. Tuntankamon se llevó a la tumba sus más queridos objetos cotidianos; Pepe se ha llevado aquello que, hasta que le echaron de su refugio, significaban los viejos libros. Afrodisíacos pata negra. Anastasio Rojo Vega.                 No conviene entrar en el campo a lo bruto, salir de casa un día a las ocho de la mañana entre luces sordas de farolas y semáforos intermitentes y aterrizar a las doce del mediodía en un paisaje lleno de sol, verde y charcos, tal como nos lo prometen esta Semana Santa los hombres del tiempo. Además, que si hace unos años cogía uno el coche a la que sonaba el reloj de la oficina o la sirena de la fábrica, un vehículo científicamente atestado y prevenido desde la noche antes, ahora hay que pasar la ITV de los hijos y de las hijas y someterse a sus imprevisibles calendarios de celebraciones y cumpleaños de amigos. Si en un determinado tiempo la tribu se ponía en marcha cuando el cabeza de familia, el líder, lo ordenaba, hoy lo hace tras haber sido sometida su propuesta a asamblea popular y haber obtenido con su discurso, conmovedor y patético, la mayoría total y absoluta de los votos. Uno solo en contra significa el desastre, la derrota y el seguir mirando el cielo desde el balcón hasta, por lo menos, el verano.                 El campo espera. Tiene más paciencia que nosotros y no le importa aguardar otro invierno, otro verano o las vacaciones de dentro de sesenta millones de años, cuando ya no haya coches, ni toallas de playa, ni hombres; cuando los raros huesos de los que un día caminaron erguidos sobre dos patas hayan tomado la misma consistencia que los de los dinosaurios.                    La vida lleva otro ritmo más allá de las formaciones de batalla de los adosados. Han florecido los amarillones, los dientes de león y las mayas y están a punto de hacerlo las amapolas atrincheradas en las cunetas, expulsadas a fuerza de herbicidas de su tradicional morada en los trigales. Gamazones, verbascos y viboreras enmarcan tierras poligonales de cereales distribuidas como parcelas en un lienzo de Kandinsky.                 Antes de entrar en la montaña, sin mojones ni linderos, viene bien la preparación al vacío mediante un paseo por las afueras domesticadas de la ciudad, por el agro salpicado de cementerios de coches, naves y vertederos. Aquí la vida no son los corzos ni las águilas, aquí la buena marcha de los ciclos de regeneración se manifiesta en la cantidad y en la calidad de los insectos. Si hay mariposas de varios tipos bien, si hay abejas mejor. Es raro encontrar abejas. Los árboles floridos ya no se oyen desde lejos ni despiden olor fuerte a no sé qué, a abeja. Un aroma acre e inolvidable.                 También es buena señal la aparición de cantáridas. Un impulso me lleva a buscarlas irrefrenablemente por estas fechas cada año. Una necesidad semejante a la que me hace mirar en septiembre si hay nícalos en cualquier pinar donde me halle y en noviembre a escrutar trompetas de muerto en los hayedos. Fijaciones.                 Mis cantáridas favoritas son las de color verde metálico, unos escarabajos que pueden encontrarse a partir de estos primeros soles fuertes en algunos árboles y flores. Los tratados de medicina y de farmacología del siglo pasado y los que han copiado de ellos en el presente, dicen que su buena temporada son los meses de junio y julio, por eso, cuando me topo con una Lytta vesicatoria, que así la bautizaron los entomólogos, la pregunto: oye, ¿tú no lees los tratados sobre la vida de los insectos, verdad?. Porque si los leyese sabría que no puede estar andando ya por ahí en abril, que su obligación, para dejar en buen lugar a los autores, sería esperar hasta el verano.                 Llamativa Viagra con patas, habitante de las comarcas entre el África y los Pirineos, cantáridas, aceiteras y moscas españolas, que dicen los ingleses, son representantes actuales del afrodisíaco más famoso y utilizado por la humanidad desde Dioscórides, el de Anazarba. Recolectadas, puestas sobre una criba sobre un puchero de vinagre hirviendo, muertas y después pulverizadas, se las valoró como el mejor enhiestador de la lanza viril y como el gran despertador de los apetitos olvidados y perdidos. Unos polvillos echados con disimulo en el vino bastaban para enhechizar al más pintado. Algunos atribuyen a su empleo inadecuado la enfermedad y posterior muerte de don Fernando de Aragón, el rey católico. La francesa Germana de Foix de sus segundas nupcias resultó una lolita excesivamente ardiente que quería tener un hijo suyo, a toda costa, por aquello de hacer alianza entre las coronas. Cuentan las malas lenguas que preparó un potaje de ponerle a punto tan fuerte que le mató. Hay quien dice que la culpa fue de un exceso de cantáridas en la pócima. Yo creo que murió de otra cosa. La mosca española en dosis inadecuadas es pura sosa cáustica, que perfora el estómago y las tripas y te manda al otro barrio sin tardanzas ni esperas. No tiene término medio, o sátiro o fiambre. Sin embargo el rey Fernando tardó un rato largo en morir.                 Un producto de aquí, de toda la vida, que, sin embargo, hay que ir a comprar a Green Canyon de los Estados Unidos si lo buscamos por Internet. ¿No se llama spanish fly?. Pues habrá que constituir una denominación de origen y sellar a los escarabajos en un anca. Es uno de nuestros recursos naturales. Como los pata negra.  Agotados. Anastasio Rojo Vega.             Napoleón metió en estas tierras un ejército excesivamente numeroso para lo que podían soportar, que era prácticamente nada. En el país del tente mientras puedas faltaba comida y sobraban invitados. El primer año la intendencia francesa, echando mano de toda su energía y paciencia, mantuvo a sus soldados consumiendo lo que nadie, excepto estómagos tan bien ajustados como los de los castellanos de aquellos días, habría etiquetado de excedentes. Días duros teniendo en cuenta que, para empezar, la tontería de la batalla de Cabezón valió a Valladolid una multa de quince mil fanegas de cebada y un millón y medio de reales en metálico. Venían muy finos ellos. Venga a solicitar carne y vino. El general Lasalle tuvo hasta el capricho de añadir a su pedido licores, azúcar, café, cigarros y otras cosas el 5 de septiembre de 1808.             En el país de los hombres bajitos en que hasta la guerra se convertía en guerrilla, los forasteros del otro lado de los Pirineos usaban modales propios de Pantagruel. El 22 de noviembre de dicho año de 1808 llegó una carta al ayuntamiento de Pesquera de Duero, desde el puesto de mando francés de Aranda, conminando al vecindario a entregar, en el plazo de dos días, diez mil raciones de pan cocido, veinticinco reses vacunas y cincuenta carneros. Los de Pesquera, temerosos, reunidos en asamblea popular, decidieron echar mano del pósito, almacén de granos inventado fundamentalmente para prestar trigo a los pobres que no tenían ni siquiera el que necesitaban como semilla para sembrar. Algunos lugares se tomaron a broma las peticiones, pero escarmentaron cuando vieron llegar a los invasores a recoger lo que habían pedido, más una multa y un saqueo mayor o menor, inevitable en estado de guerra. Mejor mandar lo que solicitaban que hacerles venir por ello y quedarse sin nada.             Cuando se acabaron los granos de los pósitos y alhóndigas, como las exigencias seguían importunando, los labradores pusieron sus ojos en las cillas, tercias y paneras de la iglesia y en más de un lugar los curas salieron a mal con los parroquianos. Al César lo que es del César y al cura lo que es del cura y algunos párrocos y beneficiados, como los de Montealegre, se plantaron delante de la puerta aherrojada y dijeron que de allí en adelante no pasaba ni Dios. La siguiente vez que fueron vistos llevaban la cabeza descalabrada y vendada. Estaban presentando una querella criminal ante los jueces y fiscales de la Chancillería. La mayoría de los curas, no obstante, comprendió la situación y contribuyó como los demás a los tributos de la guerra, dando lo perteneciente al obispado y después lo tocante a sus propias rentas, a su salario por decir de otra manera.             Esto en lo que hace a pan y vino. Pero es que además los franceses querían mulas y bueyes para trasladar sus cañones y pertrechos allí donde las circunstancias lo exigían, cientos, miles de caballerías mayores y bueyes. Prometían devolverlas, pero eran muchas las que morían y desaparecían en el viaje. ¿Resultado?. Falta de máquinas de labranza. Problemas de trilla y sementera. Lo decían los de Benafarces un 18 de mayo de 1809: “se veían sin fuerzas para hacer la labranza por falta de animales, a causa de habérselos llevado violentamente dichas tropas francesas”. La consecuencia era que buena parte del término estaba sin sembrar y el año amenazaba hambre.             Tras los pósitos y los diezmos eclesiásticos los de los pueblos echaron mano de la plata no imprescindible para el culto, al fin y al cabo no era romper la hucha familiar de cada cual, que era lo que más dolía. Laguna de Duero: “hallándose la iglesia de ella y su fábrica con algunas alhajas de plata de las que en la actualidad no tiene necesidad y que con su producto podían adquirir en parte algún alivio…”, tomad, dijeron a los franceses, comprad con ella lo que queráis y dejadnos en paz. Más dijeron los franceses al cabo de un tiempo y no había plata. No quedó otro remedio que sacar el calcetín de debajo de la baldosa y entregárselo. Más dijeron todavía y mirando alrededor no encontraron otra solución que vender los prados, los montes y las tierras comunales. Así puede decirse que la francesada lo consumió             Ellos tampoco disfrutaron. Cuando un general francés atravesaba los páramos y mirando atrás veía que tenía que trasladar parte de su artillería a fuerza de burros, seguro que no le entraban ganas de practicar la bucólica de Salicio y Nemoroso. La soldadesca estaba desmoralizada de tener que dar tanta vuelta, ida y venida para quitar de comer, para calentarse y obtener unas mínimas condiciones de vida civilizadas. No había bosques que proporcionasen madera para fortificaciones ni minas, por eso utilizaron conventos y castillos como canteras, sacando de ellos todo lo útil, hasta dejarlos convertidos en cascarones vacíos. Todo el hierro del castillo de Torrelobatón, balcones y rejas, fue arrancado para hacer herraduras a la caballería.             Falta de pan y de buen vino, de agua, de animales de carga y de carne. Sobra de desiertos, barros, fríos y malos caminos. Exceso de trabajo y de caminatas para mantenerse malamente. Miseria por todas partes. Labradores vestidos de pardillo. Niños hambrientos. ¿Merece la pena sufrir por esto? ¿Qué de bueno puede sacar Francia de aquí?. Y luego los guerrilleros. Éramos pocos y parió la abuela.   Agricultura del suicidio. Anastasio Rojo Vega. Francia ha sido el espejo en que ha querido verse reflejada la agricultura española, por eso a sustituido viñedos de tinta del país por Cavernet-Sauvignon; por eso intenta hacer quesos como los suyos, pensando que con ellos llegará la riqueza. Me parece que vemos a los agricultores franceses como los que esperan fuera de las vallas de Ceuta y Melilla nos ven a los españoles, pero no como se ven a sí mismos. Hace apenas nada que su INVS, su Instituto Nacional de Vigilancia Sanitaria, dio a conocer los datos obtenidos por un Plan de prevención del suicidio en el mundo agrícola, que el Ministerio de Agricultura galo inició en Marzo de 2011, preocupado por el hecho de que en Francia se suicida un agricultor cada dos días. El suicidio es la tercera causa más frecuente de muerte entre los agricultores franceses, tras los cánceres y las enfermedades cardiovasculares y sobre todo desde el inicio de la crisis. Desde 2008, los suicidios se han incrementado entre todos los que en el país vecino son considerados agricultura, pero sobre todo entre los ganaderos: un 57 % entre los productores de leche y un 127 % entre los productores de carne. Au secours, nous mourons! ¡Socorro, nos morimos! es uno de sus gritos. Uno de sus portavoces, Bernard Lannes, de Coordinación Rural, se queja de que el suicidio de un agricultor no es noticia, no interesa a nadie: es como un ruido en la profundidad de la tierra bajo una plancha de plomo. Otro, Jean-Pierre Vigier, explica: son personas valientes, que no cuentan las horas que trabajan, que no cogen nunca vacaciones, que en muchos casos han tenido que endeudarse, y que se ven obligadas a trabajar pese a saber que cada día están perdiendo dinero. No se les deja ninguna escapatoria. Como lo nuestro es el humor negro, podríamos concluir que por eso están quitando los médicos de las áreas rurales ¿Para que desperdiciar el dinero con unos que, como nos llegue la moda francesa, no van a necesitar medicinas? Agricultura y subvenciones. Anastasio Rojo Vega.                 La reciente cumbre de La Tierra, celebrada en Johannesburgo hace cuatro días, ha servido para que los países asistentes manifestasen al final, jurándoselo al mundo entero, que aunque no lo parezca, por ahí fuera está todo lleno de pobres. No solamente eso, sino que lo van a seguir siendo mucho tiempo, por los siglos de los siglos. Estados Unidos se ha limitado a decir Amén.                 Siete millones de años hace que Tumai, el abuelo de Lucy, inventó al hombre y aún no le ha nacido descendiente capaz de conseguir que los miles de millones de bípedos sin plumas que somos nos vayamos a la cama con el estómago lleno.                 Lo que más han pedido los pobres de comer, es que las naciones avanzadas no hagan competencia desleal en lo tocante a producción de materias primas. No tienen tecnología. Tienen tierra, clima, agua mal repartida y más mano de obra barata que nadie. ¿Para qué sirven tales alhajas?, básicamente para hacer de Caín y Abel y multiplicar animales y plantas.                 Pero hete aquí que todo ha de alcanzar un precio mínimo para ser rentable y que hasta los pobres necesitan abonos, herbicidas y un tractor amarillo. Son exquisiteces que no conocieron sus abuelos y que hay que pagar a John Deere y a sus colegas, echando mano de los beneficios obtenidos de los kilos de verdura. Hay que para pagar las letras y para ello debe colocarse la producción en el mercado internacional a precio razonable. La piedra con que chocan es que los países ricos consideran especie en peligro de extinción a sus agricultores, dinosaurios en el planeta de los ordenadores, y subvencionan sus trigos de manera que salen a las lonjas más baratos que los de cualquiera de sus competidores no subvencionados. ¿Resultado?, que los de la mano de obra barata se quedan sin vender la cosecha y pasándolas como las señoras de vida alegre, que no sé por qué el corrector gramatical del ordenador no me deja decir putas.                  Según los de Johannesburgo, la causa principal del hambre en el mundo no es la incapacidad de producir, sino la imposibilidad de competir con los falsos precios de la agricultura subvencionada. No pueden luchar contra aquellos que haciendo las cosas más caras las venden más baratas, así que agarran  la primera patera que pasa y se vienen a esta orilla, como Judy Garland a la tierra del mago de Oz, a encontrar la clave del misterio.                 En Sudáfrica han suplicado a los ricos que dejen de inflar artificialmente agriculturas y ganaderías y que las cabras y los panes sean tasados a precio real, que entonces los de los pobres, como más baratos, se venderán. Quieren rozar con sus dedos las divisas, levantar hospitales y carreteras, y comenzar a soñar con fábricas. ¿Habrá sido monseñor Dudú uno de los redactores?, porque el manifiesto huele a cosa de curas, bonita de decir y difícil de hacer, que una cosa es predicar y otra dar trigo. Claro que nunca llueve a gusto de todos y por esta parte estamos encantados con las subvenciones. El problema es que huele a que en cualquier momento van a desaparecer. Los dirigentes aprovecharán un estado de fuerza mayor, como las recientes inundaciones alemanas, y dirán: lo sentimos, pero necesitamos el dinero para una urgencia; arréglense y al año que viene ya veremos.                 Ese día los pobres no subvencionados batirán palmas, pero ¿y nuestros agricultores?. De la noche a la mañana se habrán quedado sin competitividad en lo relativo a puras materias primas. Su futuro no puede ser otro que la elaboración y la manufactura de productos de alta calidad, adaptados a las tendencias del mercado.                 El vino de la Ribera de Duero, como un San Pancracio, nos ha indicado con su dedo estirado el buen camino. Metimos los vinos tradicionales en la redoma mágica del saber hacer francés y, ¡voilà!, una mercancía rentable que no interfiere con las producciones del tercer mundo ni con las de otro cualquiera, porque, siendo de calidad demostrada, es único.                 Las subvenciones deberían limitarse a quienes arriesgan por esa vía. Menos recursos para hectáreas de terrenos donde las cebadas se resisten a crecer y más concentración de medios donde las tierras y sus producciones lo merecen. Este año tenemos problemas de agua. ¿No será que queremos regar  más superficie de la que el país permite?.                  Es algo muy viejo que defendían los Intensivistas en su polémica con los Extensivistas, amigos de plantar hasta el último milímetro cuadrado de piedra berroqueña de Gredos, en el siglo XIX: más árboles donde se pueda y los yermos para conejos y perdices. Concentrarse en mejorar las tierras fértiles y diversificar la producción, de manera que cuando falle una cosecha quede otra. Abandonar el sueño de convertir la meseta del Duero en una verde Irlanda. Regar sin llegar a secar los ríos y las fuentes en el Verano. Subvencionar lo que tiene atisbos de futuro y no cometer la aberración de abonar laderas de yeso. En definitiva, curarnos de demencias como la de plantar maíz en los páramos, que no anuncian más que días futuros de cardos, lo que siempre hubo allí.