Adiós

Adiós No hay mejor cosa que morirse, para que le salgan a uno amigos de todas partes, sobre todo si el difunto sale en la prensa. Durante una semana, una muchedumbre presumirá de haberlo conocido, de haber dormido casi en su cama, jugando con la ventaja de que los muertos son seres abonados a la paz, eméritos del Requiescat in pace, y no vendrán a tratar de desdecirlos, a corregir las anécdotas tomadas de otros que se cuentan como de primera mano. No soy amigo de necrológicas, más cuando la persona en cuestión lleva unos cuantos días apareciendo y despareciendo en los periódicos, como un recuerdo que quisiera resistir, como una bandera trémula. Tuve buena relación con Pepe Relieve muchos años y desde hace muchos años, desde que comencé la Universidad hasta que le exiliaron al Poniente; pasé un par de veces por allí y en la una le compré una pila de revistas Triunfo. Una de esas cosas melancólicas que le dan a uno. El paulatino envejecer de Pepe fuera de su territorio natural y su muerte me han afirmado en lo que creo estar viendo desde hace tiempo, el progesivo envejecimiento de un valor que creíamos incontrovertible, el de los libros y, sobre todo, el de los libros de viejo, de valor incalculable para cuatro nostálgicos, pero que la mayor parte de los habitantes del ahora echarían en el contenedor del papel reciclado. Tentaciones de valor incalculable como las que le compraba de estudiante. Papeles sueltos, folletos, cuadernos... Miraba el montón, se rascaba bajo la boina, me miraba a los ojos y me decía: dame... Una nonada. Son mis mejores joyas. Joyas del tiempo en que las casas eran admiradas por su biblioteca y no por estar amuebladas en IKEA. A los únicos libros a los que se concede valor hoy es a los de temporada. Se leen y se liberan. ¿Liberar? ¿Quién lo podría haber imaginado?. Tuntankamon se llevó a la tumba sus más queridos objetos cotidianos; Pepe se ha llevado aquello que, hasta que le echaron de su refugio, significaban los viejos libros.