APPDios

APPDios Hace treinta años que paso junto a una virgencilla embutida en la tapia de un colegio. Una imagen que, como yo, se ha ido marchitando poco a poco, insensiblemente. En sus buenos tiempos raro era que no hubiese florecillas adornándola; raro no ver paseantes deteniéndose ante ella para persignarse y decir una oración; raro que sus mantenedores no pintasen la pared cada dos años para tapar las docenas, los cientos de súplicas escritas a su alrededor con lapiceros y rotuladores, no sé si para adecentar el conjunto, o para dejar sitio a los siguientes que necesitaban transmitir sus necesidades. Ahora empieza a parecérseme a esas imágenes que, si son de primera categoría, toman primero el camino del taller de restauración, después el de las Edades del Hombre, y finalmente el de la musealización, por más que regresen a sus monasterios e iglesias de origen. Ya no son las simples representaciones de la Virgen o de Cristo, sino obras de arte del taller de Fulano. Desacralizadas. Esta virgencilla seguro que no emprenderá tan altos vuelos. Seguirá en la tapia mientras dure el colegio. Fané, como decía Gardel, porque sus viejos amigos se van muriendo y los que podrían ser los nuevos no lo son porque ni siquiera se han enterado de que existe. Pasan a su lado como yo, pero, mientras yo la miro de refilón, ellos lo hacen concentrados en la pantalla del Smartphone, atentos a los mensajes de WhatsApp y Facebook. La nube ya no está en el cielo, sino en el móvil, y gracias a él todos somos omniscientes, omnipresentes y, en alguna medida, omnipotentes. El papa Francisco anda cabreado con Berlusconi, porque ha puesto en circulación una revista en la que le propone como superhéroe, como el nuevo Supermán. Al papa no le ha gustado nada la idea, pero bien sabemos lo listo que es el crápula italiano en las cosas de la comunicación. A saber. Quizás la única posibilidad que le queda a Dios de tener futuro, de que sepan que existe, es transformarse en una aplicación.