Lobos

Lobos Vi el otro día, en el periódico, a la apicultora disfrazada de abeja, y a los agricultores y ganaderos de Castilla y León recordando a los habitantes de la ciudad y las autoridades, que viven en la ciudad, que el campo también existe; que el planeta no es solamente ese trozo de cielo que se ve entre los tejados de los bloques de viviendas y que únicamente interesa para saber si hay o no que sacar paraguas. Uno de los problemas que trajeron, que destacaron los periodistas, fue el del lobo. El campo ese donde los habitantes de las ciudades no saben cómo estarán las tierras, si verdeando o ya con la cebada de tres palmos, está lleno de lobos de dos, cuatro, ocho, mil patas; de grandes y menores. Hay lobos para todos, para pequeños huertos y para fincas de cien hectáreas. Los míos son pequeñitos, conejos, estorninos, pulgones, hongos, orugas, araña roja... pero me siento tan impotente contra ellos como los ganaderos de vacas y ovejas. Algunos han empezado y los otros sé que están ahí esperando. Han comenzado los conejos, tronchándome un olivo que creía lo suficientemente grande como para escapar a sus dientes, debería haber puesto una red alrededor de su base para protegerlo. Me paso el día poniendo redes, desde que despunta la primavera hasta que acaba la vendimia, ya no de higos a brevas, sino de conejos a estorninos, que también se comen las aceitunas. Y luego están los otros, pulgones, arañas rojas, etc. Las autoridades han retirado los plaguicidas clásicos, por ser perjudiciales para el medio, y nos han dejado otros que, la verdad, hacen poco efecto. Por el medio he probado el fairy, el cocimiento de tanacetum y los insultos. Nada. Ni los más gordos. Para este año el Ministerio del Interior me ha dado una idea: fotocopiaré la nota que ha enviado a los vecinos de la casa cuartel del Puente Colgante y la colocaré en los troncos de los frutales: si quiere que su casa se mantenga en pie, procure no sobrecargarla de habitantes, ni de muebles.