Dietas

Dietas La Sociedad Española para el Estudio de la Obesidad acaba de no sorprendernos, diciendo que el ochenta y uno por ciento de los españoles fracasan en el mantenimiento de las dietas. No nos han sorprendido tanto como no nos habrían sorprendido estudios similares que nos asegurasen que el ochenta y uno por ciento de los que prometen el día de Noche Vieja que se pondrán hechos unos figurines en el gimnasio han dejado de asistir al mismo en Febrero, o que concluyesen que a los niños, por lo general, no les gustan las verduras. El problema es que, por muy animales omnívoros que seamos, no venimos al mundo a disfrutar comiendo lechugas y zarzamoras, sino grasas. La felicidad está en la grasa y la Naturaleza, que se supone hace todo del mejor modo posible, enseñó a nuestros cuerpos a atesorarla, eso sí, sólo durante una parte del año, mientras abundasen los alimentos. El buen salvaje nuestro antecesor, paseó por el presunto Paraíso medio año gordo, saciado y feliz; y otro medio flaco, hambriento y haciendo música con las tripas; comiendo carne cuando podía, como las liebres; y viviendo los inviernos de las reservas, como los osos. Si sería buena la obesidad en su debido momento, que la evolución diseñó nuestro cuerpo en función de la óptima acumulación de las grasas: en el trasero y en las cartucheras de las mujeres, porque llevaban una vida mayormente sedentaria, ancladas al suelo por las crías y por la búsqueda de raíces, con lo que la grasa en esas partes podría ser vista como un almohadón de serie; y en los hombres en la barriga, el punto donde un peso estorba menos al centro de gravedad cuando se corre tras la caza. Obesidad fue sinónimo de felicidad mientras no hubo comida todos los días y mientras, habiéndola, hubo que trabajar mucho para conseguirla. Ahora es problema porque para atiborrarse solamente hay que hacer los trabajos de abrir la cartera y bajar al supermercado, lleno de apetitosas grasas que tientan nuestros ancestrales instintos.