Ménage à trois

Miren al Holland, con su pinta de oficinista puntilloso, lo que hacía debajo del casco de motorista. Ese pillín pizpireta de cuerpo resumido. Nos ha salido mantenedor de las esencias de Sarkozy, Miterrand y Giscard d’Estaing, de ese  savoir-faire que hemos imitado para hacer de nuestros vinos Riberas del Duero, de los espumosos sucedáneos del champán, y de los recios quesos primos lejanos de Emmental y Camembert. Progresamos imitando a Francia, porque acercándonos a ella nos sentimos más internacionales, pero nos llevan mucha ventaja en el tema de las queridas. Las queridas fueron, hasta hace poco menos de un siglo, indispensables para la buena marcha de los matrimonios entre familias adineradas. No existían bodas por amor, eran los padres de la casadera quienes elegían el mejor partido, el mejor marido, y viceversa, sopesando riqueza mutua y posición. Por encima del amor estaba la escala social, así que tácitamente se consentía que los esposos, asegurados gobierno de la casa y descendencia legítima, se echasen en brazos de quienes podían ofrecer ese amor al que se habían visto obligados a renunciar, por eso las llamaban queridas; con la una se vivía, con la otra se quería. Pero llegó el matrimonio por amor, el tiempo en que todos reivindicaron la pareja señalada por Cupido, y las queridas entraron en peligroso riesgo de desaparición, se convirtieron en linces raros confinados en apartamentos discretos. Incluso podrían haber llegado a desaparecer de no ser por amantes de la especie en vías de extinción, como François. ¿Conservacionismo o savoir-faire de oficinista pillín con casco? El conocimiento del affaire ha coincidido con el anuncio de un recorte de cincuenta mil millones de euros y de una reducción del número de regiones galas, que podrían quedarse en quince. En España habrían comenzado a rugir los adoquines. Los de Francia se han despedazado tranquilos, entretenidos y embriagados por el sutil perfume del menaje à Trois.