La crisis del infierno

La crisis del infierno Vivimos en un país que ha sido un estado de crisis permanente, en el que esta no es la peor. Hojeando los registros de entrada de los hospitales de hace trescientos años, vemos que las calles estaban llenas de hombres y mujeres que aguantaban el invierno prácticamente desnudos, con unos harapos para tapar las vergüenzas y una manta raída por toda vivienda. Generalmente una cofradía se encargaba de recoger a los amanecidos sin vida. Miseria tras la llegada de millones de ducados anuales desde América ¿Cómo se entiende? El oro se nos fue en misas. El Siglo de Oro es el siglo de las misas, primero por decenas, después por centenares, millares y decenas de millares, a real cada una por el alma del difunto. La sociedad española de la época desarrolló un miedo patológico al infierno y así, siguiendo la vía indicada por la caridad que comienza por uno mismo, los padres no dudaron en dejar en la miseria a los hijos, con tal asegurar su alma. Los más florido de las haciendas se fue en fundar mayorazgos, en los que el hijo primogénito varón se llevaba casi todo mientras los segundones quedaban condenados a sobrevivir con casi nada; a dotar a la hija mayor para asegurar que la familia continuase si los varones falleciesen o muriesen sin hijos; y a lo susodicho: honras, cabos de año, capellanías, memorias para siempre jamás, fundaciones, obras pías, etc. Eran como estudiantes malos que querían aprobar a última hora. Así, el tesoro americano no nos sirvió para construir una economía poderosa, sino para alimentar una enorme masa de clérigos y monjas, capaz de asumir el disparate de misas y oraciones encargadas. Resuelto lo espiritual, lo material se compró al resto de una Europa, católica y protestante, que resultó ser la beneficiaria real de la riqueza del Nuevo Mundo. Nada queda de aquellas misas a perpetuidad, en monasterios y capillas, contra la condenación interna. Ni siquiera queda aquel su infierno, clausurado por Juan Pablo II.